“Quisiéramos ver a Jesús”

     El camino cuaresmal va llegando a su fin en este quinto domingo. Es el tiempo en que se nos invita a la conversión, a la penitencia, a rehacer nuestras vidas para que podamos llegar renovados a celebrar, un año más, la gran alegría de la vida nueva que nos comunica Cristo resucitado.


Toda la liturgia de este domingo se podría centrar en las palabras de aquellos “griegos” –es decir, no judíos o prosélitos extranjeros- que, en la inminencia de la Pascua, se acercan al apóstol Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dicen. “Quisiéramos ver a Jesús”. En evangelio de San Juan “ver” es mucho más que contemplar algo o a alguien con los ojos del cuerpo: significa tener una experiencia personal, entrar en un contacto personal de empatía. Y este ver conduce a “creer” y, sucesivamente, a “dar testimonio”.

     Jesús responde a los griegos anunciando su Pascua, su “paso” o “tránsito” de la cruz a la resurrección, de este mundo al Padre: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto”.

     Estos últimos domingos de la Cuaresma tienen un sentido catecumenal, de preparación para el bautismo que los candidatos reciben en la noche de Pascua, en la solemne Vigilia Pascual. Para nosotros, ya bautizados, este itinerario no es ficticio, ni mucho menos, porque nos conduce a la renovación de nuestros compromisos bautismales en dicha celebración.


     Es éste un momento de especial intensidad espiritual: renunciamos al pecado, para vivir en la libertad de los hijos de Dios; renunciamos a todas las seducciones del mal; renunciamos a Satanás, padre y príncipe del pecado. En el bautismo hacemos profesión de fe en Dios y nos adherimos al estilo de vida del Evangelio, a vivir amando a Dios y al prójimo, a participar de la misma entrega de Cristo.


     Este es el programa de vida del cristiano, que tenemos que renovar en este tiempo de Cuaresma, que tenemos que vivir e inculcar a nuestros niños y jóvenes, conscientes de que con ello les preparamos para la vida y para ser hacedores del bien y no del mal, con grandes repercusiones para su vida y también para la sociedad en la que vivan. 

     La Cuaresma es también tiempo de sinceridad. Benedicto XVI nos da un ejemplo de esta sinceridad cristiana en su mensaje para la Cuaresma de este año al invitarnos a no caer en la “tentación de la tibieza” y al recordarnos que la solidaridad con los hermanos comporta también la solicitud por su bien espiritual. “Y aquí deseo recordar –nos dice- un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna”.

     Hagamos un ejercicio de sinceridad cuaresmal, comenzando por nosotros mismos. No nos equivoquemos, no confundamos las cosas. No rebajemos los niveles. Pidamos al Señor gracia y fortaleza y, en lugar de justificar lo injustificable, pidamos humildemente al Señor que no nos deje caer en la tentación y que nos libre de todo mal.

 

+ Josep Àngel Saiz  Meneses
Obispo de Terrassa 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa