A LOS 40 AÑOS DEL VATICANO II: LA ECLESIOLOGÍA DE COMUNIÓN.

El día 8 de diciembre celebraremos el 40 aniversario de la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El Concilio Vaticano I había sido interrumpido por la presencia de las tropas del Piamonte en torno a Roma, en 1870. Juan XXIII, que parecía llamado a ser un  Papa de transición, anunció ya en el comienzo de su pontificado la intención de celebrar un Concilio de perfil sobre todo pastoral y ecuménico. Parece ser que el Papa Juan no había fijado un programa con temas concretos y definidos para tratar, sino que invitó a los obispos de todo el mundo a que propusieran las cuestiones que creyeran más convenientes para estudiar y que priorizaran los temas más importantes. De la vida y de las experiencias de toda la Iglesia debía surgir el temario a debatir. El Vaticano II ha sido sin duda el acontecimiento eclesial y religioso más importante del siglo XX.

En los diferentes ambientes de la Iglesia católica, se había ido creando un clima como resultado de la investigación teológica que hacía prever que el tema central del Vaticano II sería una profundización en la doctrina de la Iglesia. En este sentido, el Vaticano II está de alguna manera en continuidad con el Vaticano I, que debido la interrupción antes mencionada, no había podido culminar su síntesis eclesiológica. De ahí que Pablo VI, en su encíclica Ecclesiam Suam (cf. n. 25) reseña dicha continuidad. A esta continuidad hay que añadir otros elementos pastorales y eclesiales nuevos como la expansión misionera de la Iglesia, los movimientos litúrgico, bíblico y ecuménico, o el renacimiento de los estudios de patrística. Por otra parte, la orientación del Vaticano II era más pastoral que dogmática y pretendía sobre todo presentar la doctrina de forma que los católicos la pudieran entender  y profundizar y resultara atractiva para los no católicos. Todo ello en un momento histórico caracterizado por profundos cambios sociales y culturales.

La eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio Vaticano II, especialmente de la constitución dogmática Lumen Gentium, que contiene muchas otras riquezas doctrinales. Una comunión que tiene dos dimensiones: una vertical y otra horizontal. Comunión con Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo. La Iglesia, peregrina aquí en la tierra, ha de vivir la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y también la comunión de los fieles entre sí, participando de la vida divina y formando la familia de los hijos de Dios.  Esa comunión se nutre con la Palabra y los sacramentos, sobre todo con la Eucaristía. La comunión con Dios es fundamento de la comunión entre los hombres. Sobre el fundamento de la comunión con Dios y desde la unión con Él, se puede alcanzar la unidad del género humano. El encuentro con Cristo crea una vida de comunión con él y, por tanto, con el Padre y con el Espíritu Santo, y, a partir de ahí, une también a los hombres entre sí.

El bautismo es la puerta y el fundamento de la comunión eclesial. La Eucaristía es la fuente y la culminación de la vida cristiana y, por tanto, de la comunión eclesial. Por eso la eclesiología de comunión es, en su esencia más profunda, una eclesiología eucarística. La comunión del cuerpo de Cristo significa, nutre y produce la comunión con Dios y la comunión de los fieles en la Iglesia.  Ese es el fruto principal de toda celebración eucarística. Cristo, presente bajo las especies del pan y  vino, actualizando su entrega hasta el extremo, edifica la Iglesia en la comunión, la fundamenta desde la unidad y pluralidad, y nos une a Dios. Demos gracias a Dios por el regalo que ha supuesto la celebración del Vaticano II y por esta concepción de la Iglesia que nos presenta más como una familia, la familia de los hijos de Dios.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa