A VUELTAS CON LA CLASE DE RELIGIÓN (y 2)

           Ante la cuestión de la clase de religión, objeto de un amplio debate en la actualidad, creo oportuno recordar los dos ámbitos en los que hay que situar la enseñanza religiosa escolar y los dos ámbitos en los que ésta se justifica y se entiende debidamente. Estos dos ámbitos son: el escolar y el histórico-social.

            La presencia de la religión en la escuela permite integrar la educación humana y  la educación de la fe -o de las creencias propias de cada confesión o religión- en un único proceso formativo, para contribuir conjuntamente a la maduración de la personalidad y de la propia identidad del alumno creyente. En mi escrito anterior cité el documento de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1979, titulado "Orientaciones pastorales para la Enseñanza religiosa escolar (ERE)".

            Creo oportuno recordar ahora este fragmento relativo a la función del ámbito escolar en la formación integral de los alumnos: "La escuela es marco privilegiado para que el alumno puede integrar en su formación humana la dimensión religiosa, lograr un diálogo interno entre la fe cristiana y el saber humano y para que los sentidos de la vida propuestos por las otras disciplinas puedan integrarse en el sentido radical que proporciona la fe" (n. 34). Y añade un poco más adelante: "El diálogo entre fe y cultura, que creemos necesario, hablando en general, para la maduración del creyente en su fe y vida cristianas, se concreta así, en el ámbito escolar y dentro de sus peculiares condiciones, en la enseñanza de la religión, que lleva a cabo tal diálogo" (n. 41b).

            El segundo ámbito en el que hay que situar la clase de religión -para entenderla rectamente- es el histórico y social. Se trata de las raíces cristianas de nuestras culturas, que han tenido en el cristianismo su matriz.

            La realidad del hecho religioso no se puede circunscribir al ámbito privado, puesto que, por su misma exigencia y por la función que ha desempeñado entre nosotros, la fe cristiana tiene riquísimas expresiones -desde la pintura a la música y a la literatura- y profunda repercusión en la cultura y en la vida social.

            Nuestras raíces más profundas, nuestra historia, la gran mayoría de las manifestaciones culturales de nuestro ámbito social, de las iniciativas de solidaridad, de las costumbres, valores, ritos y modos de vida, son inseparables del cristianismo. La cultura y la historia de Occidente no se pueden explicar ni entender si no es desde su componente cristiano. Por eso, el estudio de la religión católica -y aun de otras religiones- es inseparable del conocimiento de nuestras raíces, de nuestra historia y forma parte del legado que se debe transmitir de generación en generación.

            Baste recordar aquel discurso de Juan Pablo II en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela el 9 de noviembre de 1992, al término de su visita a España, en el que recordó cómo el cristianismo es la raíz de la identidad y de la unidad de Europa.

            Los elementos citados sirven de fundamentación y justifican la tesis de que la enseñanza religiosa escolar tiene su lugar propio e insustituible en una educación que pretenda ser integral y que aspire a llevar a los alumnos al pleno desarrollo de su personalidad, ya que aporta un diálogo con la cultura que lleva a reconocer y a asumir  los valores humanos propios de cada época de manera sistemática y a la vez crítica.

            No se puede ignorar el hecho religioso en el proceso formativo de los alumnos, como aconseja el sentido común y reafirma la voluntad de un amplísimo porcentaje de los padres y madres consultados al respecto. Ignorar el hecho religioso en toda su amplitud en el proceso formativo es el pasaporte para una formación que no será nunca integral. ¿Qué padre o madre desearía esto para sus hijos?

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa