Acoger al Señor y practicar la justícia.

El Adviento es un tiempo de gran profundidad religiosa. El recuerdo de la venida del Señor alimenta nuestra esperanza y nos abre el horizonte en la espera de su venida definitiva. A la vez nos invita a descubrirlo presente en nuestras vidas, en su venida continua, en su hacerse presente en los pequeños y grandes acontecimientos de nuestra vida. Cada nuevo Adviento en que la comunidad cristiana se prepara para recordar el nacimiento del Redentor ha de vivir la alegría y la ha de comunicar a toda la sociedad.
El Adviento es el tiempo en que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar su vida y de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. Cuando empezamos un año litúrgico nuevo hemos de vencer la tentación de pensar que ya nos lo sabemos todo, que difícilmente nos van a explicar nada nuevo porque ya lo hemos oído todo y tenemos experiencia de todo lo divino y lo humano. Incluso quizá estamos pasando por un mal momento, estamos cansados y agobiados, maltratados por la vida y defraudados por las personas y la sociedad. Hemos iniciado proyectos, hemos colaborado en diferentes causas, hemos esperado muchas cosas. Y al final, poca cosa, por no decir nada.   
El evangelio del tercer domingo de Adviento nos presenta a Juan predicando la conversión a orillas del Jordán. Su palabra de fuego remueve las conciencias, y la gente se acerca y pregunta: ¿Qué hemos de hacer? Tres grupos de personas le  piden consejo sucesivamente. Y Juan no se anda por las ramas sino que ofrece una deontología, un imperativo de justicia a cada uno de los grupos.
Al primero -designado genéricamente como "la gente"- Juan le responde que hay que compartir los bienes con los necesitados. La señal que manifiesta un cambio de vida, un camino de conversión es el amor sincero al prójimo, el compartir con el necesitado los bienes de que disponemos. No se trata de actos espectaculares de heroísmo sino de amor misericordioso que se realiza compartiendo con el necesitado día a día. El segundo grupo es mucho más concreto: los cobradores de impuestos, que eran los encargados de recaudarlos para los romanos y a causa de su oficio eran considerados pecadores y equiparados a los paganos. Juan no les pide que cambien de profesión sino que la ejerzan con honestidad, sin aprovecharse del prójimo. Deben renunciar a enriquecerse fraudulentamente, a costa de los demás. El último grupo está compuesto por guardias o soldados. Los pecados típicos de aquellos soldados que probablemente eran mercenarios del ejército de Herodes Antipas eran los del abuso de la fuerza a través de denuncias falsas y extorsión. La raíz está en la codicia. Juan les exhorta a que no actúen con violencia y a no querer ganar más de lo que les corresponde. Juan no pide nada extraordinario. En definitiva, se trata de fomentar la justicia y la solidaridad. La conversión a Dios comporta vivir la solicitud por los demás, sobre todo por los más necesitados.
Nosotros, los cristianos de hoy, tendremos que aplicarnos también la lección. Y comenzar evitando que el consumismo nos consuma. No pido para estos días navideños la austeridad de la Cuaresma, por supuesto, pero nosotros no podemos caer en la trampa que nos tiende el ambiente social. Es curioso que en nuestro Occidente rico, con tantas comodidades, con tantos avances técnicos, con tantas posibilidades de todo tipo para niños, jóvenes y adultos, nos cueste encontrar la alegría. Lo tenemos todo pero fácilmente somos presa del aburrimiento y de vez en cuando tenemos la sensación de que no hay nada capaz de levantar nuestro ánimo. A veces nos preguntamos: ¿por qué lo tengo todo, y sin embargo, no soy feliz? ¿Será que mis posesiones, del tipo que sean, no pueden saciar del todo mi sed de felicidad? Podemos preguntar también qué debemos hacer. La respuesta está en la conversión al amor y a la justicia. La respuesta está en ese misterio

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa