Acogida fraternal de los inmigrantes.

Acogida fraternal de los inmigrantes
 El día 20 de enero la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Migraciones. En esta jornada la Iglesia invita a todos los creyentes y a todas las personas que quieran escuchar su voz a considerar de una manera especial el fenómeno de la inmigración. Deseo ofrecer, en este escrito, algunos elementos de reflexión, ya que este es un tema que me  preocupa y al que dedico todo el interés que puedo en mi misión pastoral.
 Me ha impresionado, a veces, escuchar a personas que consideran que la influencia de la Iglesia sólo ha sido negativa en la historia de la humanidad. No pretendo en modo alguno polemizar. La Iglesia, como institución formada por hombres, ha podido tener y puede tener sus pecados, sus omisiones y sus limitaciones. El recordado Juan Pablo II tuvo un gesto verdaderamente profético hacia el final de su pontificado, al promover, con ocasión del gran jubileo del año 2000, un acto penitencial y de petición de perdón, por parte de la Iglesia, por todo aquello en lo que no ha sido suficientemente fiel a Jesucristo y al Evangelio en el decurso de su historia y en el presente.
 Sin embargo, creo que la Iglesia no todo lo ha hecho mal, e incluso creo que se puede afirmar que ha hecho muchas cosas buenas. Una de estas cosas buenas es la función que ha realizado y todavía realizan nuestras parroquias, y en general las instituciones y movimientos cristianos, en la acogida de los inmigrantes. La función positiva realizada por las parroquias, sobre todo las situadas en poblaciones obreras o en barrios populares, en la integración de la inmigración interior española, en los años 60 y 70 del siglo pasado, se continua realizando hoy con unos inmigrantes que provienen de países más lejanos y diferentes y a menudo con una identidad cultural y religiosa más alejada de la nuestra que las inmigraciones anteriores en nuestra tierra.
 Esta jornada creo que ha de ser un motivo para sensibilizar a los católicos y a las comunidades cristianas sobre el deber que tenemos, como creyentes y discípulos de Jesucristo, de acoger e integrar a todos en nuestra vida colectiva dentro de un marco de reconocimiento de los derechos y deberes de todos, sea cual sea su etnia, lugar de origen o religión.
 Es justo aplicar aquella sentencia del Evangelio que dice que “por sus frutos los conoceréis”, pero a la vez hemos de estar muy atentos para no dejarnos influenciar por los prejuicios que, a veces de manera espontánea y a veces de manera interesada, se difunden en nuestra sociedad en contra de los inmigrantes. El cristianismo es un mensaje de fraternidad entre todos los hombres y mujeres del mundo, fundado en que todos somos hijos del mismo Padre Dios.
 La inmigración –no hay duda de ello- es un reto para todos en nuestra sociedad. Todos, inmigrantes y autóctonos, hemos de trabajar para alcanzar y fortalecer una convivencia en una sociedad como la nuestra, cada vez más plural. Nos puede ayudar el hecho de ser conscientes de que del encuentro entre diferentes colectivos surge un enriquecimiento mutuo.
 De país de emigrantes, hemos pasado a ser un país con muchos inmigrantes. Lo que deseábamos que nos hicieran a nosotros –a nuestros emigrantes- ahora hemos de hacerlo a nuestros inmigrantes. Sólo así podremos escuchar aquella palabra de Jesús a la hora del juicio: “Era forastero y me acogisteis”, porque “aquello que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 35-40).
 
+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa