Al atardecer de la vida (27-10-19)

Remad mar adentro

                                                           Al atardecer de la vida (27-10-19)

            Nos acercamos al mes de noviembre, cuyo inicio está marcado por la celebración de dos jornadas muy significativas, la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos. Nos ayudan a contemplar y a profundizar en el misterio de la comunión de los santos, a recordar la vocación universal a la santidad y a elevar nuestra oración por los fieles difuntos a la luz de la palabra de Dios y con la esperanza de que un día nos reuniremos a ellos en la casa del Padre y gozaremos para siempre de la paz y del amor.

 

¿Qué sentido tiene hoy en día la celebración de todos los santos? Se trata de contemplar el ejemplo de su vida y de reavivar en nosotros el deseo de responder a la llamada que también recibimos a la perfección, y de colaborar desde nuestra pequeñez a la reforma de la Iglesia y del mundo. Esta es la vocación de todos, que no está reservada a unos cuantos privilegiados, sino que es universal. ¿Y cómo se llega a la santidad, cuál es el método, el camino? Desde luego, no hace falta gozar de un carisma extraordinario, ni poseer cualidades excepcionales, ni realizar proezas de superhéroe. Lo esencial es amar a Dios y a los demás, dar la vida, como el grano de trigo que muere a sí mismo y fructifica en una espiga repleta de nuevos granos. Lo principal es llenar la vida de amor, de misericordia, de sencillez, de servicio, de paz, vivir el espíritu y la letra de las Bienaventuranzas.

 

Las celebraciones de estos días son también una invitación a reflexionar sobre la vida, sobre su sentido y sobre su final. Una característica de nuestro tiempo es la obsesión por la eterna juventud y el deseo irrefrenable de alargar la existencia. Pero por más medios y técnicas que se descubran con el fin de prolongar la vida humana, por fuerza llegará un momento que nuestra etapa aquí en la tierra toque a su fin. No deberíamos preocuparnos tanto por añadir años a la vida, sino por añadir vida a los años. Y ¿en qué consiste esa vida que hemos de añadir a los años? Esa vida, en definitiva, es la vida eterna, es el conocimiento del único Dios verdadero y de Jesucristo (cf. Jn 17, 3), es la vida que ya comenzamos aquí en la tierra cuando abrimos el corazón al misterio de Dios, cuando acogemos y vivimos el misterio pascual.

 

Todo ser humano busca la felicidad a su manera y por los caminos que considera más convenientes. En el fondo, está buscando a Dios, porque  sólo en Dios puede  apagar su sed de trascendencia, sólo en Él puede encontrar la verdad, el bien, la felicidad y el sosiego que anhela su corazón. El Concilio Vaticano II lo señala con claridad: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador" (GS 19,1 ). De ese amor y de esa verdad seremos examinados al atardecer de la vida.

 

Como nos recuerda san Agustín, nuestro paso por el mundo no es un fin en sí mismo, es más bien un tránsito efímero antes de llegar al verdadero destino: la ciudad celestial. El tiempo vivido se va restando de la vida, que va disminuyendo paulatinamente. Por eso, desde el instante en que comenzamos a existir en este cuerpo mortal, ya nunca más dejamos de tender hacia la muerte, hacia el traspaso a la vida definitiva. Mientras tanto, no perdamos la costumbre de visitar los lugares donde reposan nuestros familiares y amigos difuntos. Que no falte una oración por su eterno descanso y por el eterno descanso de aquellos difuntos de los que quizá nadie se acuerda.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa