Caminemos con esperanza

En este tiempo de Adviento, tiempo de esperanza, deseo resumir algunas de las ideas de la conclusión de la carta pastoral que he escrito para presentar nuestro Plan Pastoral.
 El tema central del Plan Pastoral y de mi carta es la evangelización; es decir, que nos tomemos seriamente el hecho de creer en Jesús y en su Evangelio y la necesidad de dar testimonio de él con hechos y palabras. A pesar de nuestras limitaciones de todo orden –los cristianos no nos queremos considerar unos seres superiores-, Jesús nos dice: “Vosotros sois  la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5, 13-16).
 Seremos sal y luz si, con la ayuda de la gracia de Dios, vivimos el estilo de vida de las bienaventuranzas: mansedumbre, pobreza, misericordia, limpieza de corazón y... sencillez. Cuando la luz se va yendo o cuando desaparece completamente, ya no conseguimos distinguir la realidad que nos rodea. En medio de la noche podemos sentir temor e inseguridad. Nuestro testimonio de vida ha de servir para transmitir la alegría y la belleza de la vida y ha de ser un punto de referencia en el camino que ayude a los demás a encontrarse con Dios.
 Nuestro testimonio ha de ser una Buena Nueva que se centra en la persona de Jesucristo, y desde Cristo, en el Padre y en el Espíritu Santo, en la Iglesia y en los sacramentos. Hemos de llevar a cabo nuestro trabajo de cada día, desde luego en medio de esfuerzos y dificultades, pero hemos de hacerlo sin impaciencias, conscientes de que llegará el momento de separar el grano de la paja, sin angustias por la sensación de ser una minoría. Lo importante es dar razón de nuestra esperanza, siendo portadores de alegría.
 Que no nos falte nunca la confianza en la Palabra del Señor. Caminemos siempre con esperanza, en especial en momentos significativos, como el hecho de que estamos en el cuarto curso pastoral de nuestra diócesis y estamos comenzando el trabajo para aplicar el primer Plan Pastoral Diocesano.
 Viene a mi memoria aquella escena evangélica de Jesús y sus apóstoles ante la tempestad en el lago de Genesaret, o de Galilea, cuando parece que la barca que los lleva se hunde. Los apóstoles sentían miedo porque no tenían conciencia de lo que significaba la presencia de Jesús en medio de ellos. Pero Jesús estaba presente. Sin una buena dosis de interioridad y de espiritualidad, también nosotros dudaremos de la presencia del Señor en nuestra vida y en la Iglesia.
 En nuestra diócesis, en el nuevo milenio que acabamos de estrenar, hemos de caminar con esperanza, hemos de asumir con un nuevo impulso la misión evangelizadora. El mandato misionero mantiene toda su vigencia, y hemos de cumplirlo con el mismo entusiasmo y generosidad que los Apóstoles y los cristianos de los primeros tiempos. Cristo resucitado está presente en su Iglesia, la fuerza de su Espíritu Santo es nuestra fuerza. María, Madre y Maestra, es la estrella que guía nuestra misión.
 Rememos, pues, mar adentro, con la confianza puesta en el Señor. Él llega a nosotros, un año más, con la celebración de la Navidad, y –como nos prometió- está siempre con nosotros.

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa