Como yo os he amado (19/05/2019)

       En la última Cena de Jesús con sus discípulos, les dio este mandamiento nuevo: «que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El precepto del amor al prójimo de hecho ya estaba formulado en el Antiguo Testamento, en el libro del Levítico (cf. 19,18). La novedad consiste en amar como Cristo nos ama. Un amor hasta el extremo, hasta dar la vida por los demás; un amor universal, sin límites de ningún tipo, capaz de perdonar y olvidar, de purificar la memoria, de superar los obstáculos, de  convertir las situaciones negativas en oportunidades de futuro.

       Se trata de un testamento del Señor único e incomparable, del ideal más sublime que se pueda imaginar, en conexión con una aspiración que está presente en lo profundo del corazón humano, porque a fin de cuentas estamos creados a imagen y semejanza de Dios, que es amor. Pero a la vez, somos conscientes desde nuestra experiencia personal de lo difícil que es llevarlo a la práctica. En nuestra propia vida y en el mundo que nos rodea constatamos que vivir el ideal de amar a Dios y a los demás no es nada fácil. Somos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra debilidad personal, y también de los graves problemas que aquejan a la sociedad, en todos los lugares del mundo. Ello se debe a que existe una realidad de pecado, un pecado personal y un pecado social.

       Dios nos ha creado por amor y quiere llenarnos de vida, quiere que nos realicemos plenamente como hijos suyos, que encontremos la paz, el amor, la alegría, la felicidad. Este es su plan; un plan que Él ofrece, que no impone, porque nos ha creado libres y respeta nuestra libertad. El pecado es justamente rechazar esta comunión de vida con Dios y los hermanos, lo cual supone un rechazo a Él y a los demás, desviándose hacia un uso de los bienes del mundo contrario a la voluntad del Creador. El pecado, por tanto, es separarse de Dios, rechazar el don de Dios. En definitiva, es rechazarle a Él ya sea directamente, ya sea a través de algo que rompe el orden establecido por Él. El pecado quiebra la unidad del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación.

       Pero el amor de Dios es más fuerte que el pecado. El Hijo eterno se hizo hombre para que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia para que reine la gracia por la justicia (cf. Rm 5, 20). Así, el ser humano, perdonado y agraciado con el don de Dios, puede progresar y fructificar en obras de justicia y caridad. Ciertamente somos débiles y limitados, pero el Señor nos convierte, nos cambia el corazón, para que lleguemos a amar como Él nos ama. Es necesaria una conversión profunda del corazón, un “morir” a sí mismo para dar un fruto abundante. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn. 12, 24). Jesús se aplica esta analogía a sí mismo. Si el grano de trigo destinado a la siembra al final no es sembrado y no muere, ciertamente se conserva, pero sin sentido ni fruto alguno. Asimismo nuestra vida tiene sentido desde la donación, desde la entrega, desde el gastarla y desgastarla para dar un fruto abundante.

       «Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros». Esto es algo imposible para las solas fuerzas humanas; ahora bien, para Dios no hay nada imposible. Será posible amar como Jesús desde una conversión profunda y sincera, viviendo intensamente la unión con Él, especialmente en la Eucaristía, en la que se actualiza su sacrificio redentor, la máxima expresión de amor. Cristo hace nuevas todas las cosas. Dejemos, pues, que renueve nuestro corazón y trabajemos en la renovación de la Iglesia y del mundo.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa