Compartir: el gesto que define la comunidad cristiana

En sintonía con el Año de la Fe he procurado reflexionar, en las últimas cartas semanales, sobre lo que es y la manera como se manifiesta la comunidad cristiana. Es una comunidad trascendente porque participa del misterio de la Iglesia y debe  ser contemplada entonces con una mirada de fe. Para que la comunidad sea cristiana de veras no basta que esté  integrada por cristianos, sino que estos especialmente han de vivir desde la perspectiva de la fe.

 

Otra peculiaridad de la comunidad cristiana es la aceptación de Cristo como ley viva, como punto de referencia para la fe  y para  la manera de comportarse. Si existe un verbo que define la comunidad cristiana, este es, de hecho, el verbo compartir. Podemos observarlo en el libro de los Hechos de los Apóstoles:

 

 

- “Perseveraban en la enseñanza de los Apóstoles” (Hech 2,42). La primera comunidad cristiana comparte ante todo la fe. La fe y la  conversión son el factor decisivo de las comunidades. En este punto especialmente, María es modelo, figura e imagen de la Iglesia (cf. Lumen Gentium, 63). Ella “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). La primera comunidad              cristiana era “constante en la enseñanza de los apóstoles”.

 

- “Perseveraban en la oración” (Hech 2,44). La oración y la celebración están en el centro de la vida de la comunidad. Se da una interacción entre oración y            comunidad. La comunidad hace oración y la oración hace comunidad. La        fraternidad entre los fieles presupone la experiencia de la paternidad divina vivida en la oración. La fidelidad a la oración o su abandono definen la vitalidad decadencia de la comunidad.

 

- “Eran constantes en la fracción del pan” (Hech 2,42). La Eucaristía era el centro de las primeras comunidades cristianas. Es el misterio pascual de Cristo actualizado en cada comunidad. La Eucaristía  supone una transformación que se proyecta en toda la vida y culmina un proceso de hermanamiento  de toda la   comunidad y es el verdadero centro de su vida.

 

- “Lo tenían todo en común” (Hech 2,44). La vida de comunidad en torno al  Señor resucitado debe expresarse en una comunión que ha de llegar hasta la puesta en común de los bienes materiales. Quien ama no puede ser insensible ante las necesidades del hermano, sino que, al contrario, pone a disposición sus bienes. Por otra parte se trata de compartir no sólo con los miembros de la comunidad, sino también con los pobres y necesitados que los fieles conocen.

 

Estas características de la primitiva comunidad de Jerusalén, tal como nos las describe San Lucas, son normativas para las comunidades cristianas de todos los tiempos. También del nuestro, que en tantos aspectos se parece a la situación  de aquellos primeros cristianos. Hoy día es muy importante, mejor dicho, es urgente testimoniar que es posible vivir el hecho comunitario. Nuestro mundo necesita el testimonio de hombres y mujeres que son capaces de vivir la fraternidad cristiana.

 

            + Josep Àngel Saiz Meneses

 

             Obispo de Terrassa   

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa