Cristo reina dando la vida por todos.

Este domingo celebramos la solemnidad de Jesucristo Rey del universo. Con esta celebración culmina el Año Litúrgico. Esta solemnidad, que instituyó el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, nos recuerda la soberanía universal de Jesucristo, la centralidad de su Persona en la historia. A la vez, nos acerca al Hijo de Dios encarnado, que ha asumido una naturaleza como la nuestra, que se ha hecho en todo igual a nosotros excepto en el pecado, y que ha instaurado un reinado que no tendrá fin.
La realeza de Cristo no es de este mundo y no sigue una lógica de poder humano, sino de servicio. Cristo reina desde la cruz. Cristo reina dando la vida por la salvación de todos. Cristo reina desde el servicio y la entrega. Por tanto, no es un rey en el sentido humano. Su reinado no se fundamenta en la fuerza o en el poder. El único fundamento es el amor misericordioso. Su reinado consiste en revelar el amor de Dios, ser Mediador de la Nueva Alianza, redimir el género humano. El reino que él instaura tiene una dimensión interior de transformación del corazón de las personas y otra dimensión exterior, de construcción de un mundo de justicia, de paz, de amor, de verdad, de gracia. Con responsabilidad y espíritu solidario hemos de trabajar en la construcción de este reino.
El Evangelio de este domingo (Mt 25,31-46) es la parábola del juicio final. Este juicio final tiene como protagonista a todo el género humano, todos los hombres y mujeres de la historia. El criterio para el examen será el amor. El amor a Dios y al prójimo, que es el resumen de toda la ley. El juicio versará sobre nuestras obras de misericordia: ”Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.
Es muy difícil calcular la bondad de las personas, y tampoco existen termómetros que puedan evaluar la intensidad de la fe de los creyentes. En esta parábola del juicio final Jesús nos da una pauta que se resume en el amor. Los mandamientos de la Ley se resumen en el amor a Dios y al prójimo, había respondido en una ocasión. Y si nos hemos de basar en un indicador, este es el amor a los más necesitados. Al final de la vida seremos juzgados sobre el amor y especialmente sobre el amor a los más pobres y pequeños. No podemos pretender amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano necesitado que tenemos a nuestro lado. A la vez, si amamos al hermano con autenticidad, ese amor es expresión del amor de Dios, y a Dios nos lleva. Son dos realidades inseparables.
Reflexionar sobre el amor es relativamente fácil. Otra cosa es entregarse, compartir, dar de lo nuestro y darnos a los demás, sobre todo a los necesitados. Cristo nos da ejemplo y nos da su gracia para llevarlo a cabo. Por eso se ha quedado entre nosotros en diferentes presencias. En la Eucaristía está substancialmente presente. En el necesitado está presente de manera que lo que hacemos al hermano es a Cristo a quien lo hacemos. La Eucaristía, actualización del sacrificio redentor de Cristo, expresa y realiza el amor inmenso de Dios. Un amor infinito que alcanza en la cruz su máxima realización: “Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El encuentro con Cristo en la Eucaristía nos ha de llevar a reconocerlo también en el hermano. El encuentro con Cristo en el hermano nos ha de llevar a la Eucaristía. Este domingo finalizamos un Año litúrgico; no irá mal revisar si en nuestra vida la Eucaristía ocupa el lugar de centralidad que le corresponde, así como la preferencia por los más pobres y pequeños.

 +Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa