Día del Seminario II: Es cuestión de confianza

No faltan motivos para caer en el desconcierto e incluso en el desánimo al comprobar que en nuestro occidente rico se pierde el sentido de Dios, así como también la fe, y nos hallamos en una especie de sequía vocacional progresiva e imparable. Si nos cuesta presentar el mensaje del Evangelio, cuánto más difícil resulta hacer una propuesta vocacional. Pero más allá de las apariencias y de nuestras constataciones, hemos de tener una certeza clara: la iniciativa es de Dios, y Dios continúa llamando. En segundo lugar, la Iglesia tiene capacidad de suscitar, acompañar y ayudar a discernir a las personas en la respuesta. En tercer lugar, hacen falta testimonios de vida sacerdotal con identidad clara y una vida ejemplar.

La finalidad de nuestro trabajo vocacional con niños y jóvenes consiste en propiciar el clima adecuado para que tengan un encuentro con Cristo, una experiencia profunda de fe que dé una nueva orientación a su existencia. Una experiencia que les lleve a buscar la perfección que el Señor les ofrece participando también en la vida de la comunidad y en el compromiso en la acción evangelizadora de la Iglesia en favor del ser humano y de la sociedad. Esa vocación a la santidad en el seguimiento de Jesucristo se especifica en diversas vocaciones laicales y de especial consagración: ministerio sacerdotal, vida consagrada, vocación misionera y vocación matrimonial. Hemos de ayudar a descubrir a cada joven el camino concreto por el cual el Señor le llama, y aquí se abre un apartado muy importante porque es en este itinerario de maduración de la fe, cuando el joven puede descubrir su vocación sacerdotal.

Nuestra tarea consistirá en sembrar, acompañar el crecimiento y ayudar a discernir. Una siembra oportuna y confiada, abonada con la oración personal y con la oración de toda la Iglesia. Una siembra que comienza por el testimonio de vida de los propios sacerdotes, el testimonio que brota de una vida de plenitud y gozo en el Señor, y por una propuesta vocacional sin complejos ni reservas. Después vendrá el acompañamiento lleno de paciencia y de respeto, porque estamos pisando terreno sagrado. En este acompañamiento procuraremos que el joven vaya creciendo en su conocimiento de Dios, en su capacidad de amar y de actuar en correspondencia al amor recibido de Dios. Por último, ayudar a discernir, a descubrir la voluntad de Dios en la vida de la persona concreta de tal manera que dé una respuesta confiada a la llamada de Dios.

Hemos de confiar en que el dueño de la mies no permitirá que falten en la Iglesia segadores para sus campos. Suya es la iniciativa, y suyo es el interés principal. Por nuestra parte hemos de colaborar con generosidad y acierto. Hemos de fomentar la conciencia de esta realidad en los niños, adolescentes y jóvenes, en los padres y en los educadores, en los pastores y en los sacerdotes, en los consagrados y en todo el pueblo de Dios. Se trata de escuchar con nitidez y acoger con confianza la palabra del Señor, que nos dice una y otra vez: “No tengáis miedo”.

Es de suma importancia que nos impliquemos todos intensamente: pastores, sacerdotes, padres, catequistas, educadores, consagrados, todos unidos en oración confiada, con dedicación generosa, con imaginación y creatividad para el trabajo de promoción vocacional de tal manera que aquellos jóvenes a los que el Señor sigue llamando a este ministerio descubran y valoren el don inmenso que supone tal elección en orden a la santificación personal, a la edificación de la Iglesia y a la transformación del mundo. Que María, Madre y Maestra, nos guíe en el camino. Que el Señor nos bendiga con abundantes vocaciones.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa