Domingo de Ramos

ESCUDO EPISCOPAL SAIZ

Aemiliana Lóhr, monja benedictina alemana, en uno de los comentarios más profundos que se han escrito sobre la semana santa, recomienda entrar en la celebración de estos días santos con un espíritu de paz interior y recogimiento. Utiliza la imagen de un navío que entra en el puerto después de un largo viaje. Aplicada a la semana santa, se trata de vivir unos días de paz y serenidad después de las semanas cuaresmales que se han caracterizado por el trabajo, el esfuerzo y la ascesis. Ahora ha llegado el momento de descansar en la pasión de Cristo, es decir, descansar en el pensamiento del amor de Dios, que está en el origen de todos los acontecimientos que conmemoramos en esta semana: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Esta es la semana más importante del año para los cristianos porque en ella conmemoramos los acontecimientos centrales de nuestra Redención: la pasión, muerte y resurrección de Cristo; son días propicios para meditar el núcleo esencial de nuestra fe que las diferentes celebraciones nos irán presentando. Cuando el viernes santo contemplamos el misterio de la pasión y muerte en cruz, vemos ante todo un signo doloroso, y nos hemos de preguntar qué nos quiere comunicar Dios a través de la elocuencia del Crucificado, qué nos revela en el signo de la cruz. La cruz es la revelación suprema del amor de Dios. En nuestras relaciones humanas, el amor se revela especialmente en el dolor que uno sufre a favor de aquellos a quienes ama. Cierto es que también se puede manifestar en palabras, con gestos y con regalos a la persona amada, pero esas manifestaciones pueden ser equívocas. El signo inequívoco del amor es justamente el dolor, el sufrimiento a favor de la persona amada. Ahí es muy difícil que se mezclen los engaños.

Contemplaremos también en estos días que la vida de Cristo no acaba en la cruz. Es resucitado por el Padre y llega hasta nosotros como principio y fundamento de nuestra propia resurrección. Descubriremos que el amor redentor de Dios es más fuerte que la muerte y que la resurrección de Cristo abre para toda la humanidad un futuro de vida y esperanza. Él es el primero que ha resucitado de entre los muertos y ha alcanzado la vida definitiva que también nos espera a nosotros. La muerte no tiene la última palabra, y la guerra, el hambre, la enfermedad, etc, no constituyen el horizonte último de la vida humana porque Dios, que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros. Nacemos a la vida de Cristo resucitado por medio del bautismo y desde entonces hemos de buscar las cosas “de arriba”.

La resurrección de Cristo es el fundamento de la resurrección de los hombres: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados” (I Cor 15,21-22). El mundo entero participará un día de la gloria de Cristo resucitado. La resurrección es el acontecimiento clave de la historia humana. Un acontecimiento que se inserta en nuestra historia, al tiempo que la modifica radicalmente, en cuanto que anticipa en Cristo la victoria final. Que el Señor nos conceda vivir esta semana con paz y serenidad, contemplando los misterios de nuestra fe, con firme propósito de corresponder al amor inmenso de Dios.

+ Josep Àngel Saiz Meneses Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa