El “sentido último”

La humanidad seguramente nunca ha dispuesto de tantos recursos materiales, técnicos y culturales como en la actualidad. Paradójicamente, una gran parte de la familia humana padece hambre y sed, miseria material y cultural. La otra parte, la parte rica, sufre de miseria espiritual, y le cuesta encontrar sentido a las cosas y a la vida. La crisis económica y financiera que estamos padeciendo tiene sus raíces más profundas en la crisis de valores, de cultura, de fe, esperanza y amor. En consecuencia, nuestra sociedad occidental adolece cada vez más de falta de sentido, y eso se observa tanto en el adolescente inseguro que duda y no está suficientemente acompañado en su proceso de crecimiento, como en el anciano relegado al aislamiento y abandono porque ya ha dejado de ser “útil”. Son solamente dos ejemplos.

La enseñanza del psiquiatra vienés Víktor Frankl pone de manifiesto que en nuestro interior hay un deseo profundo e intenso de descubrir un sentido definitivo a la vida, un sentido último. Es una cuestión de no poca relevancia porque da la sensación de que en nuestro occidente rico se vive cada vez con menos sentido y eso podría ir socavando los cimientos de la misma sociedad. Se trata de poner sentido al estudio, al trabajo,  al descanso, etc. ; en definitiva, de vivir con sentido. La búsqueda de sentido nos lleva por toda clase de caminos y cuanto más allá de nosotros mismos vayamos, en lo que respecta a confianza, generosidad, solidaridad, comprensión y capacidad de perdón, más sentido ponemos en la vida.

Viktor Frankl constató que el factor más importante para superar la dramática situación que le tocó vivir en el campo de concentración era tener alguna esperanza, que podía concretarse en la expectativa de reencontrarse con la familia, en la convicción de una misión que realizar en la vida, o en la culminación de algún trabajo profesional.  A pesar de lo trágico de la situación en que se encontró inmerso, supo encontrarle un sentido. No tuvo que crearlo; estaba allí esperando ser hallado. Lo mismo sucede en nuestra vida cuando reflexionamos, cuando nos abrimos al significado, cuando nos detenemos el tiempo suficiente para encontrarnos con los demás, con nosotros mismos y con Dios. 

En medio de una situación  trágica, Frankl descubrió en los demás y en él mismo la fuerza de la fe y de la esperanza. Presenció cómo muchas personas superaban las circunstancias más terribles para ofrecer todo lo que tenían a los demás. Fue testigo, en aquel contexto, de las manifestaciones más bajas, pero también de las más elevadas, del espíritu humano. Pudo ver cómo algunos hombres se paseaban entre los barracones ayudando a los demás, dándoles su último pedazo de pan. “Puede que fueran pocos en número  -escribió-, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal  ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. 

No nos dejemos arrebatar la esperanza, sobre todo la esperanza teologal; es decir, nuestra esperanza en Dios. La vivencia de la esperanza puede ser un buen antídoto contra muchos sin sentidos y muchos desalientos en el laberinto de nuestras vidas.  
 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa