El cielo no está vacío.

El tiempo de Cuaresma es una ejercitación, es decir, una acción, un trabajo, hacer trabajar de una manera adecuada una facultad o una aptitud para conservarla o desarrollarla. Así, el músico ejercita los dedos para tocar adecuadamente un instrumento y el atleta ejercita los músculos para dar un buen rendimiento en los campeonatos. No es necesario traer a colación las metáforas deportivas que encontramos en las cartas de san Pablo para describir el ejercicio de la vida cristiana. Estos ejemplos nos confirman en lo que decía en un artículo anterior citando a Benedicto XVI, que el cristianismo no es una sólo una noticia informativa sino que también nos invita a convertirlo en una noticia performativa, o sea, capaz de conducirnos a la acción y a la transformación de nuestra vida.
 La Iglesia insiste sobre todo en tres formas de ejercitación cuaresmal: la plegaria, el ayuno y la limosna, que significan la conversión en relación con Dios, con uno mismo y con los demás. Podemos preguntarnos si todavía tienen sentido hoy estas tres actuaciones, y también podemos reflexionar sobre la mejor manera de llevar a cabo estas tres actuaciones en las actuales circunstancias de nuestra vida de fe, personal y colectiva.
 En este escrito me propongo reflexionar sobre la primera de estas tres acciones: la plegaria. La plegaria no es sólo una buena acción para realizar en un tiempo penitencial. La oración, que santa Teresa de Jesús definió genialmente como un trato de amistad con Dios, define nuestra condición de creyentes. Recuerdo que el cardenal Franz Koenig, que fue arzobispo de Viena, no dudaba en hacer esta afirmación sobre la plegaria: "Si rezas, eres creyente; si no rezas, no lo sé…" La plegaria y la manera de hacerla expresa y performa  nuestra fe.  
 La práctica o la no práctica de la oración expresa cual es –o cual no es- la imagen de Dios en el que creemos. Las religiones institucionales o establecidas, con sus indudables virtudes, tienen también sus peligros, y uno de éstos es el de caer en el cumplimiento de sus actos y de sus ritos por mero formulismo, el hecho de practicarlos como por rutina y por pura inercia. Benedicto XVI, en la encíclica reciente sobre la esperanza, refiriéndose a la situación en los inicios del cristianismo, dice que la "religión de Estado romana había quedado reducida a simple ceremonia, que se cumplía escrupulosamente, pero ya reducida sólo a una religión política. El racionalismo filosófico había relegado los dioses al ámbito de lo irreal. Lo divino se veía en diversas formas en las fuerzas cósmicas, pero no existía un Dios a quien se pudiera rezar.
 Me impresiona profundamente la fuerza de este último pensamiento, tan propio de nuestro Papa teólogo. El Dios en el que creemos es un Dios a quien se puede rezar, es decir, hablar como a un amigo, a pesar de ser Él el trascendente y el absolutamente Otro.
 Nuestra ejercitación de la plegaria tiene que expresar que el cielo no está vacío, que hay un Dios al que podemos rezar. Quien reza confiesa –como dice Benedicto XVI- que "no son los elementos del cosmos o las leyes de la materia los que en definitiva gobiernan el mundo y el hombre, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona. Y si conocemos a esta Persona, y ella a nosotros, entonces el inexorable poder de los elementos materiales ya no es la última instancia; ya no somos esclavos del universo y de sus leyes, ahora somos libres. El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha revelado como Amor" (Spe salvi, n. 5). Es la Pascua para la que nos estamos preparando durante estas semanas.


+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa