El sí de María

En el inicio de mi segundo curso como sacerdote, transcurriendo el ya lejano otoño de 1986, tuve el regalo de poder visitar Tierra Santa. El veterano sacerdote que organizaba la peregrinación reunió a los curas noveles que también participábamos junto con un nutrido grupo de seglares para hablarnos de diferentes cuestiones organizativas, y nos preguntó si teníamos alguna preferencia a la hora de presidir las celebraciones eucarísticas en los distintos lugares santos. Yo respondí enseguida que elegía celebrar en la basílica de la Anunciación. Por qué en Nazaret, en lugar de hacerlo en Belén o en la Basílica del Santo Sepulcro. La razón para mí era sencilla y profunda: todos los acontecimientos de la vida de Jesús son misterios profundos de fe.      En Belén nos llenamos de ternura y emoción contemplando al niño Dios recién nacido; su Pasión y muerte en la Cruz nos llega a lo más profundo del corazón y de la sensibilidad, de ahí la fuerza de la celebración de la Semana Santa y su hondo calado en el pueblo cristiano. Pero tanto en la oración personal como en la reflexión y el estudio, toda la vida me ha impresionado más profundamente el hecho de la Encarnación, que en definitiva es la clave de todo lo demás y para mí ha tenido siempre una  relevancia especial. En este cuarto domingo de Adviento reflexionamos sobre el gran misterio realizado en Nazaret hace dos mil años. El evangelista Lucas sitúa el acontecimiento en el tiempo y en el espacio: "A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; [...] la virgen se llamaba María" (Lc 1,26-27). El arcángel Gabriel le comunica su maternidad divina, recordando las palabras de Isaías que anunciaban el nacimiento virginal del Mesías, que ahora se cumplen en ella. La respuesta de María al plan de Dios será: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). La Anunciación a María y la Encarnación del Verbo es el hecho más trascendental, el misterio más profundo e insondable de las relaciones de Dios con los hombres y el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. ¡Dios se ha hecho hombre! Es algo que nos desborda, que sobrepasa absolutamente la mente y la imaginación humanas. Y ese es el momento en que María conoce la llamada, la vocación a la que Dios la había destinado desde siempre. Una vez conocido el designio divino, ella responde con un sí incondicional, con una obediencia pronta y sin condiciones. La fe de María en las palabras del arcángel fue absoluta. Es consciente de la desproporción entre la conciencia que tiene de sí misma y la misión que recibe, pero confía en Dios. Dios lo quiere y nada es imposible para Él, y por esto no pone dificultades al plan de Dios. Con obediencia y humildad responde "he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". De esta manera es incorporada plenamente en la Historia de la Salvación, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. El sí de María significa también el comienzo de su especial camino de fe, de abandono en la voluntad de Dios, de gozos y sufrimientos, de colaboración con Cristo en la Historia de la Salvación. El sí de María es una respuesta generosa que compromete toda su vida en la aceptación del plan de Dios. Porque confió en Dios y respondió con un sí generoso, Dios hizo en ella maravillas. Dios también nos llama a cada uno a algo grande, a algo hermoso, a una vida única e irrepetible. Más allá de preocupaciones, temores, rutinas de nuestra ajetreada existencia, conviene entrar en el interior, captar la voluntad de Dios y responder con un sí generoso. El sí de María cambió la historia de la humanidad. El sí de cada uno de nosotros es seguro que cambiará  nuestra pequeña historia y nuestro entorno.  +Josep Àngel Saiz Meneses Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa