EL SÍNDROME POSTVACACIONAL.

Con los últimos días de agosto llega el tiempo de retornar al trabajo y para los niños, pasado este mes, llega muy pronto la hora del retorno al colegio. Seguramente no todo el mundo ha podido tomar unos días de vacaciones, y menor aún es el porcentaje de quienes han podido desplazarse visitando otros lugares del país o del extranjero. Pero últimamente se da un fenómeno relativamente nuevo en lugares de cierta prosperidad económica. Volver al trabajo se convierte en una especie de montaña difícil de escalar. Incluso hay que descansar de las vacaciones porque se vuelve a casa con un cierto estrés. Los psicólogos lo llaman síndrome postvacacional.

Según los estudios de un equipo de psicólogos de la Universidad de Valencia,  alrededor del 35% de los españoles sufre depresión postvacacional. Al parecer, dura unos días y se caracteriza por los nervios, la irritabilidad, el vacío, el ánimo decaído, el bloqueo mental, las dificultades de concentración o la incapacidad para tomar decisiones. Incluso hay personas que lo somatizan y padecen jaquecas o insomnio, pero en cualquier caso, no se considera una enfermedad mental. Ciertamente, el recuerdo de los días pasados en la playa tomando el sol o en la montaña contemplando amplios horizontes no ayuda a la hora de reemprender el trabajo.

Este síndrome, que se va generalizando en la sociedad actual, era desconocido hace unos años. Estamos ante un proceso que se ha producido en los últimos tiempos y por lo tanto, en cierta forma, es fruto de la vida moderna y de la sociedad del bienestar. Nos encontramos ante un elemento más de los muchos que se deben revisar en nuestro modo de vida y en la tan deseada calidad de vida que intentamos alcanzar.

Pronto comenzaremos un nuevo curso. Será el segundo en la historia de nuestra joven diócesis. Con sencillez y humildad, con entusiasmo y esperanza. Es el momento de la puesta a punto. La puesta a punto de unas actitudes que valen para el trabajo profesional y para la actividad pastoral.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, nos ayuda a plantearnos algunos interrogantes sobre el sentido de la actividad humana, sobre el valor del trabajo, sobre el uso de las cosas, sobre la finalidad de los esfuerzos y sacrificios, tanto de los individuos como de las sociedades (cf. GS 33). Para poder crecer como personas y como cristianos, es imprescindible descubrir el sentido de todos los elementos y actuaciones que conforman la vida. Ya que a la actividad laboral se dedica alrededor de un tercio de nuestra jornada diaria, vale la pena profundizar en el sentido y el valor del trabajo, de todo tipo de trabajo, del trabajo de toda persona, de forma que se superen las concepciones que lo consideran como un castigo, como una desgracia o simplemente como una fuente de ingresos desde una visión puramente materialista.

Trabajo como colaboración con Dios en la obra de la creación, desarrollando y completando la obra del Creador. Trabajo como perfeccionamiento personal, trabajo al servicio de los demás. Actividad humana en la que el centro es la persona, que es sumamente valiosa por lo que es, no por lo que tiene; que tiene un gran valor más por lo que es que por lo que hace. Un trabajo para todos, desde el campo a la ciudad, desde el taller hasta la oficina, desde el hogar hasta la universidad. Un trabajo digno y con un horizonte amplio, como la Gaudium et Spes nos recuerda: "Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia" (GS 34). Buen trabajo a todos.

+Josep Àngel Saiz Meneses
Bisbe de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa