ENCUENTRO CON EL CIEGO DE NACIMIENTO

Si la pasada semana reparábamos en el encuentro de Jesús con la Samaritana, hoy nos fijaremos en su encuentro con el ciego de nacimiento. Un encuentro en el que Jesús devuelve la vista al ciego. Un encuentro que el evangelista Juan presenta justo después de que Jesús se haya autoproclamado como luz del mundo en el templo de Jerusalén (8,12). Jesús afirma de sí mismo que es la luz del mundo: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida".

Jesucristo es la luz que ilumina a todo hombre. Jesús se revela como luz con sus palabras y con sus obras. La curación del ciego de nacimiento confirma la palabra de Jesús. "Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo" (Jn 9,5), proclama justo antes de hacer barro y untar los ojos del ciego. Su acción iluminadora proviene de su mismo ser: "En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió [...] La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn 1, 4-5.9).

Ante esta Palabra que sale al encuentro del hombre, que lo interpela, que es luz de las naciones, se dan dos respuestas. Una, negativa, de rechazo. Otra, positiva, la de los que creen y pueden llegar a ser hijos de Dios. Luz y tinieblas, bien y mal, acogida o rechazo, son las respuestas ante Cristo luz y van decantando el comportamiento de cada existencia humana: "Todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,20-21).

Posteriormente, él mismo afirma de los discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5,14). Es este un profundo misterio que San Pablo también recoge en la segunda carta a los Corintios (4,6): la luz de Dios brilla en la faz de Cristo y de ella irradia al corazón de los apóstoles, y por los apóstoles al mundo. Como Cristo es la luz del Padre, los apóstoles son la luz de Cristo. San Pablo nos exhorta a caminar como hijos de la luz y a dar frutos de luz: bondad, justicia y verdad (cf. Ef 5,8-9). Caminar como hijos de la luz es obrar conforme a la verdad (Jn 3,21). Caminar en la verdad, pensar en la verdad, obrar según la verdad, vivir en la verdad, en cada circunstancia de la vida, en las pequeñas ocasiones y en las grandes ocasiones, en todo momento y lugar. Así es como se configura una existencia coherente. Una coherencia, una verdad, que son absolutamente necesarias en la vida familiar, en la vida eclesial, en la vida profesional, en la vida social y política.

Ahora bien, el discípulo sólo puede ser luz en la medida en que reciba de él la luz. Cristo ilumina nuestra vida con una nueva luz, nos cambia el corazón y nos capacita para vivir en la verdad y para ser testigos de la verdad. El episodio de la curación del ciego de nacimiento presenta tres actitudes respecto a Cristo-Luz: el rechazo contumaz de los fariseos, la cobardía acomodaticia de los padres del muchacho y la apertura realista del joven. El ciego de nacimiento no es diferente de cada uno de nosotros. Cristo nos da la luz de la fe para poder vivir en la verdad y obrar con bondad. Ojalá seamos receptivos a su don.

+ Josep Àngel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa