¿Es posible una invitación a la alegría?

ESCUDO EPISCOPAL SAIZ

Este tercer domingo de Adviento se llama tradicionalmente el domingo “Gaudete”, es decir, de la alegría, porque “gaudete” es el imperativo del verbo latino “gaudere”, o sea, gozar. El canto de entrada de la Misa empezaba en latín con esta palabra. Es, pues, un domingo que nos invita a valorar todo lo bello, bueno y justo que nos ofrece la vida. Las palabras de Isaías que leemos este domingo son un verdadero himno a la alegría, anunciando el retorno del exilio del pueblo de Israel. La naturaleza se renueva y se une a este gozo del pueblo. El desierto se convierte en un jardín. El hombre se transforma, los ciegos recobran la vista; los sordos, el oído, los cojos, la movilidad. “La lengua del mudo gritará de gozo”. El deprimido  siente en el fondo de su alma una palabra de ánimo: “No tengáis miedo, Dios mismo os acompaña. Él viene a salvar, no a condenar”.

La actividad de Jesús y su respuesta a los enviados de Juan Bautista, tal como lo escuchamos en el evangelio de este día, evidencia que en él tiene su cumplimiento esta profecía de Isaías. La actividad de Jesús muestra que en el corazón de Dios los sencillos, los pobres, los marginados son el objetivo preferencial de su amor y de su salvación. Pero no viene mal, ante la cercanía de la Navidad, escuchar una posible objeción de algunos de nuestros contemporáneos, que tiene su raíz en los llamados  “maestros de la sospecha”: ¿No es ficticia esa invitación a la alegría, esa palabra imperativa a alegrarse, a gozar? ¿No es verdad que la fe cristiana es enemiga de la vida? ¿Qué es lo que hace sospechoso todo júbilo, todo placer? La famosa acusación de Nietzsche, de que el cristianismo es contrario a la exaltación del placer de vivir, late en el fondo de estas preguntas.

Ya comenté, en una anterior carta, que en este Adviento me gustaría que reflexionásemos de la mano del profesor Olivier Clément, un sabio teólogo y filósofo, sobre la misión común de los cristianos en la sociedad de hoy.  Esta es la respuesta que nos ofrece en una de sus obras: “Si, pues, el cristianismo tiene un sentido en este tipo de sociedad –la actual sociedad secularizada- es porque manifiesta lo que es gratuito, no asimilable, lo que aparentemente no sirve para nada, pero puede iluminar todo. En esto consistió el poder antropológico y social de lo religioso: en hablarnos no de un Dios útil, usable, sino de un Dios de la gracia (en todos los sentidos de esta palabra) que vuelve a darnos el placer de la vida, pues nos restituye la maravilla ante la belleza fundamental de la existencia”.

Alegrémonos, pues, de estar en la vida. Nuestra vida se encamina hacia la comunión con el Dios de la belleza y de la vida; se encamina hacia la divinización, tan puesta de relieve en la teología de las Iglesias del Oriente cristiano. Se trata de la belleza de la liturgia de la Palabra y la fuerza de la oración. “El hombre espiritual, el hombre de oración –dice también el profesor Clément- es un hombre que irradia una cierta alegría y una inmensa compasión”. Da testimonio de que es posible la alegría.

Nos acercamos a la Navidad, la fiesta del nacimiento del Señor, que viene a salvarnos. Esta alegría de la salvación es algo que se percibe desde las primeras páginas del Evangelio: en la Anunciación; en la Visitación, cuando la Virgen María expresa su gozo con el cántico del Magníficat. Lo mismo sucede cuando Jesús nace en Belén y cuando María y José presentan al niño en el Templo. Alegrémonos, pues, porque la celebración del nacimiento del Señor está cerca.

+Josep Àngel Saiz Meneses Bisbe de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa