Esperanza de un mundo sufriente (02/02/2020)

Esperanza de un mundo sufriente

Hoy celebramos la Jornada de la Vida Consagrada en toda la Iglesia. El lema de este año es: “La vida consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente”. Son unas palabras que unen la figura de la Virgen María, modelo supremo de vida consagrada, con la virtud teologal de la esperanza, tan necesaria en nuestros tiempos.

Ciertamente, María es la madre de la esperanza, del cumplimiento de las promesas de Dios, de la victoria sobre el mal, de la presencia de Dios, que lo llena todo para siempre. Ella nos enseña a interpretar las vicisitudes y sufrimientos de nuestra vida, y nos ayuda a crecer en la virtud de la esperanza, que es imprescindible en la obra de la evangelización. El papa Francisco en la exhortación Evangeliï Gaudium afirma en sus palabras finales que: “Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo, siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (He 1, 14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización”.

En medio de un mundo sufriente como el nuestro, acechado por no pocos males y dificultades, y a la vez con tantos retos por delante, María se convierte en modelo de la actividad evangelizadora para todos los cristianos. Ella nos enseña a escuchar y creer en la Palabra de Dios, nos guía en el camino de la fe, nos educa para vivir en la esperanza; nos prepara para entregar nuestra vida totalmente a Dios y a los hermanos, en particular a los más necesitados y sufrientes. María está presente de un modo especial junto a las personas que han consagrado su vida al anuncio del Evangelio y la edificación de la Iglesia, haciendo presente a Cristo y su Iglesia en tantos ámbitos y lugares de nuestra sociedad heridos por el sufrimiento y el dolor.

En María descubrimos la dinámica de la humildad y la ternura, de la justicia, de contemplar y caminar hacia los demás. Ella es maestra de la oración  y el trabajo en la sencillez de Nazaret, y, a la vez, de la prontitud para salir de sí misma y auxiliar a quien lo necesita. En ella contemplamos la alabanza a Dios, que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. María nos enseña la dinámica de conservar y meditar en el corazón, de reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y en los pequeños detalles de cada día, de contemplar el misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de todos y cada uno.

Los miembros de la vida consagrada son en el mundo testigos elocuentes del Dios vivo. La vida consagrada pone de manifiesto la primacía de Dios y de los valores evangélicos, que van más allá de este mundo, con una entrega total a Dios y con plena disponibilidad para servir a las personas concretas y a la sociedad. Es al mismo tiempo signo de trascendencia y de comunión, de acogida y diálogo, de oración y de compromiso con los más necesitados. En medio de un mundo que tiene tantos motivos para la desesperanza, ellos son signo de una esperanza mayor, la esperanza que no defrauda, de Cristo resucitado, que camina junto a nosotros.

Agradezco una vez más la presencia de las personas consagradas en nuestra diócesis y su trabajo realizado desde la  comunión y corresponsabilidad. Pido al Señor que la mano de María les siga guiando en su caminar como testigos de la fe, la esperanza y el amor.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa

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