Fiestas del Roser: tradición y futuro

En septiembre de 1992 fui destinado a Cerdanyola del Vallès como responsable de pastoral de la Universitat Autònoma de Barcelona y como rector de la iglesia de la Mare de Déu del Roser. Allá conocí más a fondo una de las tradiciones religiosas y populares típicas de nuestra tierra, la fiesta del Roser de Maig, que se celebra el primer domingo de mayo. Valeri  Serra i Boldú  lo recoge en su obra Llibre popular del rosari. Folklore del Roser, cuando escribe: "Instituida por el Papa Gregorio XIII la fiesta del Rosario o del Roser de tot lo món el domingo primero de octubre, en recuerdo de la batalla de Lepanto [...], queda fijada en octubre la fiesta del Rosario para la totalidad del mundo cristiano, pero en Cataluña son más generales y más esplendorosas las fiestas del Roser de maig. La de octubre, precepto de la Iglesia, se celebra por obligación, la de mayo por devoción; la de octubre, porque está mandada, tiene día fijado; la de mayo, que se llama lo Roser de maig, se celebra el primer domingo y es en esta día cuando celebran su fiesta las que llevan el bello nombre de Roser" (o. c. pág. 174-175). Esta celebración se remonta a la Edad Media. Su origen es marcadamente popular y antiguamente había tenido mucha importancia y repercusión en nuestros pueblos y villas. El primer documento que lo hace constar data del año 1419. Gracias a este documento, sabemos que el rey Alfonso IV de Cataluña pasó en Valldaura las fiestas de Mayo o del Roser y también deja constancia del hecho que se trataba de unas fiestas muy tradicionales y populares. Se podrían espigar detalles entrañables de cada una de las generaciones de catalanes que nos han precedido. Detalles típicos de la vida campesina, tan arraigada en la tierra; detalles de solidaridad; anécdotas de las cofradías del Roser y de los vecindarios en general; detalles de piedad profunda; detalles de sana competencia en las actividades recreativas y de esparcimiento que las diferentes entidades organizaban en las fiestas del Roser. Somos y seremos, y hemos de sentirnos, herederos de unas generaciones que nos han precedido y que nos han dejado una vida, una fe, unas raíces, un legado, unas tradiciones que hemos de continuar y actualizar en cada uno de los momentos de nuestra pequeña historia. Para vivir intensamente el presente, para preparar convenientemente el futuro, no podemos olvidar nuestro pasado. A finales de los años 80 se construyó en el barrio de Serraparera, de Cerdanyola, una iglesia que con mucho acierto se dedicó a la Mare de Déu del Roser, a la Virgen del Rosario. Desde buen comienzo, la feligresía que se reúne entorno suyo recuperó aquella costumbre antigua y poética de bendecir rosas y repartirlas a los fieles a la salida de la celebración de la santa misa. Una costumbre antigua y bonita de muchos pueblos y ciudades de Cataluña y de las Islas Baleares. En Mallorca, por ejemplo, los campesinos proveían de rosas, que los monaguillos pasaban a recoger por las casas con unas grandes cestas. En el Roser de Cerdanyola son los niños de la catequesis y del Esplai los que cada año pasan por las casas del barrio felicitando las fiestas y pidiendo rosas que se repartirán después de la misa de fiesta mayor. De esta manera, la recogida de rosas es una ocasión y una actividad de convivencia, de construir comunidad, de hacer barrio, de ampliar las relaciones de vecindad, para que no sea sólo recuperar una costumbre sino que se convierta en un buen factor de relación y de cohesión social. Desde estas líneas, deseo hacer un llamamiento a nuestras parroquias, a nuestros pueblos y ciudades, para que vivan, recuperen y transmitan nuestra fe y nuestras tradiciones. + Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa  

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa