La alegría de ver a Jesús

La Pascua nos invita a vivir cada año lo más decisivo de nuestra fe: que Jesús, muerto en la cruz por amor, vive ahora para siempre y que nosotros, unidos a él, hemos comenzado también una vida nueva.

 

El evangelista Juan nos sitúa en el primer día de la semana. Es el día de la vida nueva, el día en el cual, en Cristo resucitado, comienza la nueva creación. Los discípulos se encuentran en una situación de temor y desorientación, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se presenta en medio de ellos infundiendo seguridad, como fuente de vida y les desea la paz. Su presencia en medio de ellos les ratifica en la palabra que les había dirigido: “Tened confianza, yo he vencido al mundo”.

 

Los discípulos se llenan de alegría al ver a Jesús. Él les había anunciado en la Última Cena que su tristeza se convertiría en alegría cuando él apareciera entre ellos. La alegría es la consecuencia del encuentro con Cristo resucitado, es la actitud propia de la nueva vida pascual.

 

Y repitiendo el saludo de paz, Jesús les encarga la misión. Como el Padre le había enviado a Él, Él envía a los apóstoles. Y dándoles el Espíritu Santo les capacita para el cumplimiento de esa misión. Ellos habrán de continuar la obra de Jesús. Por medio del Espíritu Santo serán sus testigos ante el mundo, habrán de manifestar el amor de Dios, y deberán cumplir esa misión con la actitud básica del Maestro: amor y servicio, entrega total hasta dar la vida.

 

El segundo domingo de Pascua es también llamado de la Divina Misericordia. Así lo dispuso el beato Juan Pablo II que quiso dedicar a la misericordia de Dios la segunda de sus encíclicas, titulada precisamente Dives in misericordia, es decir, Dios es “rico en misericordia”. Esta es nuestra esperanza; esta es nuestra seguridad; esta  es nuestra alegría.

 

En su primera encíclica, dedicada a Cristo como “el Redentor del hombre” el beato Juan Pablo II nos enseñó que “todo hombre es el camino de la Iglesia” y que la Iglesia ha de acercarse al hombre recorriendo la misma vía trazada por Cristo. Y con una enseñanza que muchos teólogos consideran como una de las aportaciones más valiosas del Papa polaco, nos propuso una profunda síntesis entre antropocentrismo y teocentrismo.

 

Sobre este punto profundizó en la encíclica sobre la Divina Misericordia: “Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente , esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús” (n. 1). Cristo, Dios y hombre, es la encarnación de la Divina Misericordia. Cristo resucitado es nuestro mensaje, nuestra “Buena noticia”, porque el Evangelio es Cristo, y Cristo  resucitado.

 

La actualidad del Evangelio leído en este segundo domingo de Pascua aparece claramente si nosotros – los cristianos de hoy- nos vemos reflejados en la situación  de los discípulos cuando Jesús les visita al atardecer de aquel domingo. También nosotros tenemos dudas y somos reacios a creer, como le sucedió al apóstol Tomás. Nuestro principal problema es la falta de fe. Así lo ha visto Benedicto XVI al invitar a toda la Iglesia a vivir un especial año de la fe. Por ello hemos de escuchar de nuevo la palabra de Jesús: “Porque has visto has creído; dichosos los que crean sin haber visto”. Esta bienaventuranza se proyecta sobre todos los creyentes a lo largo de la historia.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

 

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa