La angustia de no pocas madres

La familia es el fundamento de la sociedad, su elemento primario y fundamental. Este es un principio en el que todos estamos de acuerdo. El futuro de la humanidad depende de la familia. Por eso hemos de apoyar, de defender, de potenciar la institución familiar. A la vez, no es difícil constatar en el día a día las dificultades crecientes y de todo tipo que se viven en la familia, y cómo cada vez son más difíciles las relaciones interpersonales en el seno de la familia. ¡En cuantas ocasiones he hablado con madres preocupadas por el rumbo que tomaban sus hijos adolescentes o jóvenes! Esta semana celebramos, en días sucesivos, la memoria de santa Mónica y la de su hijo san Agustín, dos personas cuyas trayectorias vitales y cuyos testimonios pueden ser de gran aliento y fuente de esperanza para muchas madres angustiadas y, en definitiva, para muchas familias de nuestra época.

 

Santa Mónica nació en Tagaste, en el África del Norte, el año 332. Por disposición de sus padres se desposó con un hombre llamado Patricio. Este era un buen trabajador, pero de mal carácter y de principios paganos. Tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer. El mayor, Agustín, la hizo sufrir enormemente. Ella rezaba y ofrecía sacrificios por la conversión de su esposo y al fin recibió de Dios la gracia de que en el año 371 Patricio recibiera el bautismo, y también se bautizó su suegra, que al parecer no le había hecho la vida fácil a Mónica. Pero a pesar de las dificultades de todo tipo, santa Mónica vivió en modo ejemplar su misión de esposa y ayudó a  encontrar la fe en Cristo y la fuerza del amor de Dios a su esposo Patricio, que murió un año después.

 

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que su hijo mayor Agustín era extraordinariamente inteligente y lo enviaron a la ciudad de Cartago para estudiar filosofía, literatura y oratoria. A los 29 años decide ir a Italia. Mónica le seguirá y en Milán ambos conocen a san Ambrosio, el arzobispo. En él encuentran un padre bondadoso y sabio que los guía con prudencia. De esta forma, Agustín empieza a cambiar sus ideas y a entusiasmarse por la fe cristiana, hasta que el año 387 recibe el bautismo en la fiesta de Pascua de Resurrección.

 

Santa Mónica es prototipo de mujer fuerte, sólida en la fe, madre llena de sabiduría y paciencia. Su ejemplo es una invitación a todas las madres preocupadas por sus hijos a mantenerse firmes desde la confianza en Dios, desde el ofrecimiento del sufrimiento y desde una vida intensa de oración. Le tocó atravesar un largo recorrido cargado de lágrimas, supo esperar, luchó por recuperar a su hijo para Dios, se mantuvo perseverante en todo momento y demostró un amor grande que no se rindió nunca. Su oración, por su paciencia y  su amor de madre, consiguieron no sólo que Agustín abrazara la fe cristiana, sino una entrega total al servicio de Cristo en el sacerdocio y el episcopado. Ella es un buen ejemplo para esposas y madres que pasan por problemas familiares. Que ella interceda y ayude a todas las esposas y madres que pasan por dificultades a perseverar, a resistir, a poner paciencia y amor, y confianza en Dios, y a alcanzar las metas propuestas. Si san Agustín llegó a ser lo que ha sido para la Iglesia y para la humanidad es sin duda por la gracia de Dios y por su respuesta personal y su búsqueda de la verdad, pero en buena parte también por la paciencia, la oración y el amor perseverante de su madre.

 

   

+Josep Àngel Saiz Meneses

 

Obispo de Terrassa

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa