LA BÚSQUEDA DE DIOS

El deseo natural de Dios está inscrito en el corazón del ser humano ya que éste ha sido creado por Dios y para Dios. Por eso, sólo en Dios se puede saciar la sed de trascendencia, sólo en Dios se puede encontrar plenamente la verdad, el bien, la felicidad y la serenidad que el corazón anhela. Así nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: "La razón principal de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. Desde su nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios: porque sólo existe por el hecho de que, creado por Dios por amor, es siempre conservado por amor; y sólo vive plenamente según verdad, si reconoce libremente aquel amor y se da a su Creador" (GS 19,1).

Esta búsqueda se ha expresado a lo largo de la historia y se expresa en la actualidad de las formas más variadas. En lo más profundo del corazón de todo ser humano hay sed de Dios, muy a menudo escondida. A veces está eclipsada por la fugacidad de las cosas del mundo o por el sensacionalismo con el que la sociedad consumista nos presenta sus fuentes de felicidad: riqueza, éxito, honores, poder. Por eso, sin duda lo más anticristiano de nuestra sociedad no está en las conocidas características del secularismo o de la pluralidad, sino en su arraigado materialismo, que la emparienta con la sociedad del paganismo. Eso quiere decir que la sed de Dios está inscrita en lo más profundo del corazón del hombre, pero a menudo está como distraída por el señuelo de las felicidades aparentes de este mundo.

Los Evangelios nos explican muchos de los encuentros de Jesús con personas de su tiempo. Pero una página que indica con una especial claridad lo que Él nos ofrece es la que describe el diálogo con la samaritana junto al pozo de Jacob, en el capítulo cuarto del Evangelio de San Juan. La experiencia del encuentro con un desconocido que ofrece el agua de la vida es una llamada para entender cómo nosotros podemos y hemos de establecer un diálogo con las personas que no conocen a Jesús.

La existencia humana es como un éxodo, como una especie de liberación, como un paso de la esclavitud a la tierra prometida, de la muerte a la vida. A lo largo de este camino experimentamos todos los componentes de la vida humana, también los más difíciles: la miseria, el dolor, la enfermedad, la soledad, la pérdida de sentido y de esperanza, hasta el punto de que a veces es difícil creer en la existencia de Dios.

Así le debió pasar también a aquella mujer samaritana; pero aquel día se encontró con un hombre que le revela toda la verdad. En un diálogo sencillo, le ofrece el don de Dios, el Espíritu Santo, fuente de agua viva para la vida eterna. Se anuncia a sí mismo como el Mesías esperado y le anuncia el Padre, que quiere ser adorado en espíritu y en verdad.

Este episodio del encuentro con la mujer samaritana dibuja el itinerario de fe que todos estamos llamados a recorrer. Jesús sigue ofreciendo la fe y el amor al hombre y a la mujer de hoy. Del encuentro personal con él, reconocido y acogido como Mesías, nace la adhesión a su mensaje de salvación y el deseo de difundirlo en el mundo. Así sucede en el relato: el vínculo con Jesús transforma completamente la vida de la mujer que, sin tardanza, como un apóstol más, corre a comunicar la buena noticia a la gente del pueblo provocando que también ellos acudan y se encuentren con Jesús.

+ Josep Àngel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa