La encíclica "Dios es Amor"

Hemos comenzado la cuaresma, tiempo de gracia y de conversión. Tiempo de reflexión. En la vivencia de nuestro itinerario de preparación para la pascua y en nuestra formación nos puede ayudar la primera carta encíclica con que nos ha obsequiado el Santo Padre Benedicto XVI: Dios es amor. En la primera semana de Cuaresma os invito a reparar en algunos elementos de la introducción: el Papa quiere dar una respuesta a la situación del mundo actual, una respuesta apuntando al corazón del cristianismo, una respuesta desde el encuentro personal con Cristo que lleva a un compromiso de amor a Dios y al prójimo. Como él mismo señala en la introducción, “en un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás”.   
El título escogido, Dios es amor, apunta al corazón mismo del cristianismo, como queda claro en el primer párrafo, que da nombre a la encíclica: «Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. Estas palabras de la primera epístola de san Juan expresan con singular claridad el centro de la fe cristiana, la imagen cristiana de Dios y la consiguiente visión del hombre y su camino». Tres elementos fundamentales de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios, que es amor; la imagen cristiana del hombre, llamado a recibir el amor de  Dios y a permanecer en él; el camino del hombre, llamado a recibir el amor de Dios, a vivirlo, a compartirlo y a comunicarlo. Esta encíclica nos sitúa en los fundamentos mismos del cristianismo porque trata de expresar no sólo quién es el Dios de los cristianos, sino también quién es el hombre en su relación con Dios. Por eso es como una invitación a volver a las fuentes más genuinas del cristianismo. En el fondo, la afirmación de que Dios es amor presenta lo más genuino y original de la fe cristiana, y a la vez nos ofrece la clave para poder penetrar en el misterio de Dios y en el misterio del hombre.
La primera encíclica de Benedicto XVI no ha sido programática si hablamos en sentido estricto. En cambio, podemos decir que es significativa de su pontificado, que nos presenta su eje vertebrador. Recuerdo perfectamente cómo en la homilía de la Santa Misa de inicio de Ministerio petrino anunció que “mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”. Su programa no sería promover sus propias ideas sino ponerse a la escucha del Señor y de sus hermanos con espíritu de servicio. Esta primera encíclica es un mensaje para todo el mundo. Para los católicos, para los cristianos de otras confesiones, para creyentes de otras religiones y yo diría que para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. El Santo Padre nos recuerda el núcleo esencial del cristianismo, es decir la caridad, el amor y su expresión en la vida y la acción de la Iglesia.
Mi primer encuentro con el Santo Padre fue el 26 de febrero de 2005, en el marco de la visita ad limina de los obispos catalanes. El conjunto de sus respuestas en aquella entrevista a los temas doctrinales y disciplinares que allí se trataron está bien resumido en el comienzo del segundo párrafo de la introducción: “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”

+Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa