La esperanza ante el nuevo curso

 Con estas reflexiones deseo ayudar a quienes reemprenden las actividades del nuevo curso, tanto en los centros escolares, como en las instituciones académicas y universitarias, como también en las instituciones religiosas, en los seminarios, parroquias, movimientos, etcétera.

      Mi invitación va a ser muy clásica. Comencemos teniendo fe en lo que hacemos, creyendo en su sentido, en su valor, por más que los tiempos sean recios y difíciles. Y comencemos con buena moral, con esperanza. Para ello, comencemos poniéndolo en manos de Dios. Según la tradición cristiana, se acostumbra a comenzar el nuevo curso con una misa del Espíritu Santo, o en todo caso con un acto de oración que puede revestir diversas formas. Sea cual sea la forma concreta, se trata de una invocación a Dios. Comenzar el nuevo curso con una plegaria, personal o comunitaria, es pedir también el don de la esperanza. ¿Se puede recomenzar una actividad sin esperanza?

     El Papa Benedicto XVI, en su segunda encíclica sobre la esperanza, titulada Spe salvi, habla de tres “lugares” de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza. El primero –el único al que hoy me voy a referir- es la oración como escuela de esperanza. “El lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración”, dice el Papa. Y añade: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad, el que reza nunca está totalmente solo”.

     El Papa aporta el testimonio de un gran testigo de esperanza de nuestros días: el ya fallecido e inolvidable cardenal vietnamita Nguyen Van Thuan, que por su condición de obispo tuvo que pasar trece años en prisión, nueve de los cuales en aislamiento y que en los últimos años, como responsable de la Pontificia Comisión Justicia y Paz, en el Vaticano, nos dejó un precioso opúsculo, titulado precisamente “Oraciones de esperanza”.

     Recordemos lo que de él dice el Papa: “Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad”.

       Para que la oración produzca en nosotros una purificación interior, el Papa indica que la plegaria ha de ser muy personal, de confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra parte, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, “en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente”.

     Y aporta Benedicto XVI de nuevo el testimonio del cardenal Van Thuan, el cual confiesa que en su vida hubo largos períodos de incapacidad de rezar y que se aferró a las palabras de la oración de la Iglesia: el Padrenuestro, el Ave María y las oraciones de la liturgia. Con la oración –dice el Papa- “nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un ‘final perverso’. Es también esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a Dios. Sólo así permanece también como esperanza verdaderamente humana”.

       

      + Josep Àngel Saiz Meneses

          Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa