La humildad de trabajar en equipo

Este año  el F.C. Barcelona ha conseguido un éxito sin precedentes, ha sido tricampeón. Cuando se acariciaba la posibilidad de conquistar los tres títulos, tanto el entrenador como los jugadores apelaban siempre a la humildad y al trabajo. Ese espíritu de humildad y de trabajo, entre otras cosas, los llevó al mayor de los éxitos. Me gustaría referirme en esta carta a esos aspectos de humildad y solidaridad que propician un trabajo en equipo altamente efectivo.

La humildad es necesaria para todos los miembros de un equipo, y especialmente para sus líderes. El líder debe tener una humildad que le lleve a compartir sus éxitos con los demás, a reconocer y valorar la aportación de los otros, a sacrificarse como el que más, a afrontar las dificultades y los imprevistos con entereza. Es líder el que en el campo consigue hacer mejores a sus compañeros y no se resigna ante las circunstancias adversas, sino que es capaz de provocar la reacción del equipo, de convertirse en revulsivo. Gracias a la humildad llegamos a descubrir tanto nuestras capacidades como nuestras limitaciones y somos capaces de conocer y reconocer las cualidades de los demás. Por otra parte, gracias a la humildad nos dejamos aconsejar y corregir, y de esa forma progresamos, maduramos. 

Lo opuesto a la humildad es el orgullo egocéntrico, la necesidad de ser siempre el centro de atención, de ser contemplados y admirados  por los demás. Se trata de una necesidad enfermiza, que en el fondo pretende compensar un evidente complejo de inferioridad. De ahí la tendencia a llamar la atención, a desacreditar a los demás y no reconocer nunca sus cualidades o éxitos. El egocentrismo lleva al individuo a referirlo todo a sí mismo, tanto la resolución de los problemas, como el planteamiento de proyectos o el análisis de las tareas realizadas. Acaban convirtiéndose en individuos nocivos para el trabajo en equipo y quedan totalmente aislados al no buscar nunca otro interés que el propio. 

Hoy día en las instituciones, en las empresas, en las administraciones, el modo habitual de trabajar es en equipo. Para ello no es suficiente la materialidad de un conjunto de personas que trabajan en el mismo ámbito, sino que se requiere también espíritu de equipo. El espíritu de equipo es algo que reconocemos al instante, pero que resulta difícil de definir. Es más grande que nosotros, independientemente del tamaño del grupo. Y, al mismo tiempo, no puede existir sin nuestra participación. Cuando trabajamos con espíritu de equipo, todo es posible. En el deporte o en las empresas y en las más diversas tareas el espíritu de equipo eleva el rendimiento y la moral de todo el mundo.

Trabajar en equipo es una forma de humildad, la virtud que Santa Teresa de Jesús, sabiamente, identificaba con la verdad: “Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad; que es verdad muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira” (6 Moradas, 10,8). No podemos progresar si no es desde la verdad, desde el realismo más profundo, y donde no hay humildad no hay tampoco verdad ni coherencia y, por consiguiente, no hay crecimiento. Ojalá la humildad sea uno de nuestros distintivos, y en lugar de gastar energías en cultivar nuestro ego, realicemos una tarea común, “en equipo”, al servicio de Jesucristo y de su Evangelio. 

     + Josep Àngel Saiz Meneses

     Obispo de Terrassa 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa