La misión de la Iglesia (09/06/2019)

Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, y celebramos también el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. El lema de este año dice así: “Somos misión“. Con este lema se quiere destacar que cada fiel laico, animado por la fuerza del Espíritu Santo, está llamado a descubrir, en medio del Pueblo de Dios, que el mismo es una misión, tal como nos insiste el Papa Francisco (cf. EG, n. 273).  La invitación del Santo Padre a sentirnos «misión en esta tierra» tiene su fundamento en el bautismo.

 La misión de la Iglesia comenzó en la Pascua de Resurrección y  Pentecostés. Esta misión está en continuidad con la misión de Cristo de proclamar e instaurar el Reino de Dios, y se realiza mediante sus tres funciones, que transmite a la Iglesia: profetismo, sacerdocio y  realeza. Es decir: la predicación de la Palabra, la celebración de los misterios de la fe y el servicio a la comunidad. Así la ha llevado a cabo la Iglesia a lo largo de la historia. Pero actualmente hay quien piensa que una propuesta de conversión se podría interpretar como intromisión en la conciencia y en la libertad personal; y también hay quien considera que todos los caminos son igualmente válidos para encontrar la salvación. Entonces, ¿tiene sentido la misión en el momento presente?

 La razón de la actividad misionera de la Iglesia se fundamenta en la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad, se conviertan a Cristo y se incorporen a Él formando la Iglesia. El Señor puede conducir a la fe a las personas que ignoran el Evangelio sin culpa propia, pero la Iglesia tiene el deber y el derecho de evangelizar. Además, la persona que vive con profundidad su fe, que ha experimentado un encuentro con Cristo, tiende a expresar, a comunicar el amor de Dios, que llena su vida. Como decía san Pablo, «si evangelizo, no es para mí motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. ¡Ay de mí, si no  anuncio el Evangelio!» (1Co 9, 16). En definitiva, la misión es consecuencia del amor a Dios y al prójimo.

 Han transcurrido dos mil años, pero la tarea no está acabada, más bien nos encontramos aún en los inicios y queda mucho por hacer: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». (Mt 28, 19-20).

 San Juan Pablo II nos enseñó a distinguir tres situaciones de las personas en el momento actual: en primer lugar, la misión ad gentes con los no cristianos, es decir, pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos. En segundo lugar, la acción pastoral de la Iglesia donde hay comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas, con fe y vida, que irradian el testimonio del Evangelio. En tercer lugar, la nueva evangelización con los bautizados no creyentes. Se trata de una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido de la fe e incluso no se reconocen como miembros de la Iglesia y llevan una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio (cf. Redemptoris Missio, 2).

 La evangelización es, pues, el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada persona y a la humanidad entera en el momento presente, en el que conoce grandes conquistas técnicas y científicas pero ha perdido el sentido último de la vida. La misión es responsabilidad y compromiso de toda la Iglesia. De toda la Iglesia y de cada miembro según su función y según los carismas recibidos.

 Que el Espíritu Santo y la Virgen María, Reina de los Apóstoles, sigan animando al laicado en su compromiso de ser “una misión” en la Iglesia y en el mundo.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa