La solidaridad, fruto de la comunión

            En nuestro mundo globalizado, cada vez somos más conscientes de la interdependencia que hay entre las personas, las instituciones y los pueblos. En mi carta pastoral para este curso he dedicado todo un apartado a “la solidaridad, fruto de la comunión”.

La vida cristiana auténtica propicia la unión con Dios y con los hermanos y como consecuencia de esta vivencia de comunión tiene lugar el servicio desinteresado a los demás, tanto en sus necesidades materiales como en las espirituales, para que cada persona pueda llegar a la plenitud querida por Dios.

La solidaridad, por tanto, es fruto de la comunión que se fundamenta en el misterio trinitario y en el misterio de la encarnación del Hijo, que muere y resucita para nuestra salvación. La unión del Hijo de Dios con cada ser humano –que expuse en el pasado comentario- hace que Cristo pueda decir: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25,40-45). Por eso, el encuentro con Cristo –tan importante en este tiempo pascual- es el camino de la solidaridad y la solidaridad es, pues, fruto de la comunión.

La virtud que llamamos solidaridad es “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (San Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n.38). Para ello es imprescindible reconocer al “otro” como persona, sentirse responsable de los más débiles, sobre todo de los niños  los ancianos, como nos recuerda con tanta frecuencia el Papa Francisco, y estar dispuestos a compartir los bienes con ellos. Podemos decir que la comunión tiene dos dimensiones. En primer lugar, la vertical, participando en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; un amor que es mutuo y que se proyecta más allá de sí mismo. En segundo lugar, la comunión tiene una dimensión horizontal, porque esta comunión que participamos de la Trinidad debe ser compartida con los otros y debe cohesionar y dinamizar la vida de la comunidad.

Esta comunión vertical y horizontal – simbolizada en los dos palos de la cruz- se expresa y se alimenta en la Eucaristía y fructifica en gestos de solidaridad con los hermanos, especialmente con los más necesitados. Así lo vemos expresado en la vida de las primeras comunidades cristianas y así se expresa y realiza en nuestras comunidades actuales, tal y como lo he recordado ampliamente en mi carta pastoral de este curso.

El prójimo, contemplado desde los ojos de la solidaridad no es solamente un ser humano con sus derechos y deberes y su igualdad fundamental, sino que además se convierte en alguien que ha sido creado a imagen de Dios, que ha sido redimido por Jesucristo y que ha sido puesto bajo el dinamismo renovador del Espíritu Santo. Por consiguiente, debe ser amado por nosotros con el mismo amor con que es amado por el Señor.

Ante la fiesta de Sant Jordi, patrono de Cataluña, le pido que esta solidaridad no se debilite nunca entre nuestro pueblo, sino que sea  tan sólida que nos permita continuar dando una respuesta a los retos de esta hora, sobre todo en la acción social.   

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

 

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa