Lo que más necesitan nuestros enfermos.

El día 11 de febrero, que este año cae en domingo, se celebra la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Esta fecha coincide con la Jornada Mundial del Enfermo, una jornada de iniciativa pontificia que entre nosotros se prolongará hasta el 13 de mayo, sexto domingo de Pascua, en que culmina la campaña con la Pascua del Enfermo. Cito estos detalles porque los considero una expresión de algo que no hemos de olvidar: la compañía y la atención religiosa a los enfermos es una tarea no de una sola fecha sino de todos los días del año.
 La Jornada Mundial del Enfermo tiene este año un lema que propone una triple exigencia: “Acoger, comprender y acompañar”. Si hay una actividad que, en espíritu de servicio, la Iglesia tiene que cuidar con esmero es la atención humana y religiosa a los enfermos. Nunca insistiremos bastante en este aspecto. El ejemplo de Jesucristo en el Evangelio está ahí como una invitación constante a imitarlo en la atención a quienes sufren en su cuerpo y en su espíritu.
 Escribo estas reflexiones desde una vivencia reciente muy intensa y muy cercana a la vez, ya que durante las últimas semanas he tenido a mi madre muy delicada de salud y he procurado robar tiempo al tiempo para poder compartir con ella presencia, diálogos profundos y oración confiada, junto con  mis hermanos y el resto de la familia. Y ya que he introducido esta referencia personal en el escrito, espero que los lectores me permitan recoger aquí una expresión que acostumbro a decir en las conversaciones familiares desde hace ya tiempo y que brota de la experiencia del trato con mi madre en estos últimos años: “Las personas mayores viven más del cariño que reciben de los que las rodean que de los alimentos y las medicinas”. En un sentido análogo, creo que se puede aplicar también a los enfermos, sobre todo si el enfermo es un anciano o anciana que está llegando al final de sus días en este mundo.
No deseo que esta frase sea interpretada de ninguna manera como un menor aprecio de la labor que realiza el personal médico y sanitario. Creo que los profesionales de la sanidad me entienden perfectamente, y en mi misma familia hay personas que tienen esta profesión. Siempre hemos de agradecer la labor, a menudo llena de humanismo y dedicación, de quienes  trabajan en la sanidad. Pero se trata de insistir en algo básico: la necesidad de rodear de cariño a nuestros ancianos y enfermos. El hecho de acogerlos, comprenderlos y acompañarlos ha de fluir de una fuente inspiradora que no es otra que el amor hecho donación generosa. Poner amor en todos los detalles, sobre todo un amor revestido de paciencia y de serenidad. Es también una actitud de justicia, porque –tratándose sobre todo de nuestros padres- atenderlos con cariño en su enfermedad y en su vejez es una manera de agradecerles todo cuanto han hecho por nosotros.
En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuya traducción al catalán ha sido presentada recientemente entre nosotros por el cardenal Renato R. Martino, he encontrado esta frase: “Si los ancianos se encuentran en una situación de sufrimiento y dependencia, no sólo tienen necesidad de curas sanitarias y de una asistencia apropiada, sino, sobre todo, de ser tratados con amor”. El ser humano está hecho para amar y sin amor no puede vivir” (n. 222-223). Pido a Dios que nunca lo olvidemos.

+Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa
 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa