Los “caminos del Señor”

La imagen del camino adquiere un relieve especial en la liturgia de este segundo domingo de Adviento. Al empezar la misa, encender el segundo cirio de la corona de Adviento nos ayuda a visualizar que estamos en proceso, que estamos en camino, Y sobre todo las lecturas bíblicas nos hablan con esta imagen. Dios allana los obstáculos del suelo “para que Israel camine con seguridad”, nos dice el profeta. Y en el evangelio Juan Bautista, una de las grandes figuras del Adviento, nos dirá: Preparad el camino del Señor”.

En la tradición evangélica el camino es la preparación de la venida del Mesías. ¿Por qué hemos de preparar el camino del Señor? Porque hay caminos de comportamiento humano que hacen imposible la venida y la presencia de Dios en nuestras vidas y en nuestra sociedad actual. Todos verán la salvación de Dios –como nos promete el Evangelio- cuando hayamos retirado los obstáculos que lo hacen imposible. “Cuando se eleven los valles” de tantas carencias que son incompatibles con la presencia de Dios. Cuando “desciendan los montes y colinas” de tantos excesos que humillan a las personas y van radicalmente contra el proyecto de Dios para sus hijos e hijas.

Benedicto XVI, al inaugurar su pontificado habló de los muchos desiertos, interiores y exteriores que hay en nuestro mundo. El desierto es lugar de purificación, es lugar para vivir “la noche” de la fe. Pero el desierto es también, por eso mismo, lugar de esperanza. El desierto puede florecer con flores y con frutos, si recibe la lluvia y el bálsamo de la Palabra de Dios.

“Vino la Palabra de Dios sobre Juan”, leemos hoy en el Evangelio. Juan recibe la Palabra de Dios en el desierto, verdadero camino por donde hemos de pasar, pero conscientes de que no lo hacemos solos, sino que nos acompaña el Señor.

Nosotros, oyentes de la Palabra en un tiempo de invierno en los niveles éticos y morales de la sociedad y en la vida de fe de muchas personas. A pesar de eso, no podemos ni encerrarnos en nosotros mismos, ni reducir nuestra misión a condenar y a lamentarnos. Estamos llamados a dar frutos buenos, a ser constantes en el amor y en el servicio, como escribí en uno de los apartados de mi carta pastoral titulada “Madre de Dios y madre nuestra”, en el Adviento del año pasado. El Adviento es un tiempo litúrgico muy mariano, ya que el término de este camino que vamos siguiendo durante cuatro semanas nos conduce a la contemplación del Niño Jesús en el regazo de María, su madre.

La fiesta de la Inmaculada Concepción, el próximo martes, nos ayuda a andar el camino del Adviento con María, quien siempre nos conduce hacia Jesús. María nos da ejemplo de una existencia llena de amor y de entrega. Su vida se resume en una disponibilidad total de servicio a los designios de Dios y a la vez vive también la actitud de servicio al prójimo. Gracias al amor y al servicio de Santa María, llega al mundo –por medio de su maternidad- aquel por el cual Dios dio la plenitud de la vida eterna.

El domingo pasado os invitaba a vivir en la esperanza, en concreto en estos tiempos en los que hay cosas que nos pueden conducir a la tristeza y al desánimo. Hoy quisiera añadir que María, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, aporta siempre a la humanidad un mensaje de esperanza. Por eso, uno de los títulos más preciosos con los que el pueblo cristiano la honora es éste, un título muy propio del Adviento: ella es Nuestra Señora de la Esperanza.

      + Josep Àngel Saiz Meneses

      Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa