Los seminarios y el futuro de la vida cristiana

Celebramos este domingo el Día del Seminario. Lo celebramos justamente un año después de la Santa Misa de inicio del ministerio petrino  del Papa Francisco Y con un lema inspirado en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG). El lema de este año es: “La alegría de anunciar el Evangelio”.

 

Como es sabido, en nuestra diócesis hemos trabajado y seguimos trabajando mucho para tener nuestro propio seminario y para que en el futuro no nos falten los sacerdotes necesarios para atender debidamente a nuestras parroquias, a nuestras obras cristianas. Sé muy bien que los laicos pueden hacer una gran tarea en la misión de la Iglesia diocesana. Pero el servicio ministerial del sacerdote sigue siendo absolutamente necesario para alimentar la vida cristiana de la comunidad e incluso para fomentar las responsabilidades y las tareas de los laicos y los miembros de órdenes y congregaciones religiosas, tanto hombres como mujeres.

 

El problema de las vocaciones a los ministerios ordenados es un “test” de la calidad de la vida cristiana de una comunidad, de una parroquia, de una asociación o un movimiento laical. El lema del Día del Seminario de este año es muy ilustrativo de lo que deseo expresar, y lo hemos escogido, en la Comisión de Seminarios y Universidades, en sintonía con nuestro  Papa Francisco y deseando entrar en el clima espiritual que está suscitando en la Iglesia desde su elección.

 

¿Qué nos pide sobre todo nuestro buen Papa? Nos pide que  “recuperemos y acrezcamos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Ojalá que el mundo actual –que busca a veces con angustia y a veces con esperanza- pueda recibir la Buena Nueva no a través de evangelizadoras tristes y desanimados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, la vida de los cuales irradie el fervor de quienes han recibido, primeramente en ellos mismos, la alegría de Cristo”. (EG, nn. 6 y 10).

 

La alegría es fruto del amor, nace del amor, según enseña santo Tomás de Aquino. No es una virtud diferente del amor, sino su efecto. Cuanto más experimente cada persona el amor de Dios en su vida, cuanto más corresponda al amor de Dios y cuanto más proyecte este amor hacia los hermanos, más grande será su alegría. Un gozo inmenso y profundo que nada ni nadie le podrá arrebatar jamás. Una alegría más fuerte que las penas, las dificultades e, incluso, la persecución.

 

Des de la experiencia del amor de Dios que genera un gozo inefable, todos estamos llamados a hacernos mensajeros de alegría, testigos que transmiten a los demás la alegría de haber encontrado a Cristo. En la sociedad actual hay personas que viven tristes, angustiadas, fastidiadas; personas que materialmente pueden tenerlo  todo pero que han perdido el sentido de la vida y el gozo de vivir. Que lo han probado casi todo y que están decepcionadas de casi todo. Los éxitos materiales, los avances científicos y tecnológicos, las posibilidades de placer, no acaban de saciar su sed de felicidad. Será preciso que demos un testimonio de esperanza, que seamos transmisores de alegría, una alegría que provocará muchos interrogantes. Desde esta perspectiva celebramos el Día del Seminario y trabajamos en este ámbito tan difícil  y a la vez tan apasionante como lo es la Pastoral de las Vocaciones.

  

+ Josep Àngel Saiz Meneses

 

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa