No se trata sólo de Migrantes (29-09-2019)

Celebramos hoy la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, y el Papa Francisco nos ha obsequiado con un contundente mensaje. Me referiré hoy de manera especial a su llamada a considerar el problema desde una visión global, a la responsabilidad de todos en la construcción del Reino de Dios aquí en la tierra, y a no dejarnos paralizar por el miedo o escudarnos en él: «El problema no es el hecho de tener dudas y sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente; nos priva de una oportunidad de encuentro con el Señor».  

El miedo puede atenazar la posible reacción solidaria ante la persona necesitada. Es algo que les pasa al sacerdote y al levita de la conocida parábola del Buen Samaritano. Detenerse junto a aquel hombre malherido significaba asumir un riesgo importante; ellos no saben lo que les puede ocurrir y tampoco se sienten capacitados para controlar la situación en un posible imprevisto. La salida más fácil y rápida era, pues, pasar de largo. El miedo es un instinto común a todos los seres humanos, del que nadie está completamente libre. La conducta del ser humano y sus actitudes ante la vida están condicionadas en gran medida por los temores y recelos que brotan de su interior. En casi todas las motivaciones subyace algún tipo de temor que frena y condiciona sus actos.

En relación al compromiso solidario podemos distinguir una triple vertiente de temores: En primer lugar, el miedo a la incomprensión de los que nos rodean; en segundo lugar, el miedo a la propia fragilidad; por último, el miedo a profundizar en la vida de fe, que nos puede llevar a un mayor compromiso. El hecho de ayudar a los demás puede acarrear problemas en la misma familia, que quizá no entienda una solidaridad que considera excesiva, por lo que supone de dedicación de tiempo y recursos a otras personas. En otras ocasiones puede producir temor la presión de los que no quieren cambios estructurales ni cambios de los sistemas políticos o económicos, y estas presiones pueden venir de particulares, de “lobbys” de poder o de administraciones.

Otro miedo es el miedo de uno mismo, de la propia debilidad, de la propia fragilidad, de la propia incompetencia. Ésta es, en este caso, una dificultad interna. Cuando  vivimos instalados en unas costumbres fijas, en unas rutinas invariables, es lógico que asusten  los cambios, que las novedades nos desconcierten. Hay personas que se encogen, que se bloquean hasta en los pequeños cambios, que temen asumir cualquier tipo de responsabilidad, cualquier tipo de decisión, por pequeña que sea. También existe un temor a descubrir nuestros límites, a no estar a la altura de las circunstancias, y más todavía cuando nos toca vivir  contracorriente.

Por último, el miedo al encuentro con el hermano, y en definitiva, al encuentro con Cristo, que puede revolucionar la vida y llevarnos a un compromiso mayor. El encuentro con Cristo llena la existencia de plenitud y alegría, por un lado, pero a la vez comporta ciertas renuncias para ser más solidario con el hermano. Ya no se trata de la colaboración económica en situaciones de emergencia o las aportaciones habituales a través de una suscripción, o el tiempo que entregamos a través de distintos voluntariados. Se trata de una respuesta a lo que Dios nos pida y el hermano necesite.

Dice el papa Francisco: "No se trata solo de migrantes: se trata de no excluir a nadie”. Y, en definitiva, nos dice Jesús: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. (Mt 25, 40).

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa