Pregón pascual de esperanza

Hemos llegado a la fiesta de Pascua, la primera de todas las fiestas cristianas en cuanto a importancia y significación. La resurrección de Cristo nos ha de animar, a cuantos queremos ser sus discípulos en el mundo actual, a vivir con esperanza. Y además de vivirla, también hemos de dar testimonio de la esperanza que Dios Padre nos ha dado al resucitar, por la fuerza del Espíritu Santo, a su Hijo Jesucristo.

 

            Hoy quiero subrayar dos momentos de la celebración de la Vigilia Pascual. El primero es de carácter simbólico, la ceremonia de la luz, con la bendición del fuego y el encendido del cirio pascual –que representa a Cristo-, con el paso de las tinieblas a la luz. Así es como hemos de caminar por la vida los cristianos, como hijos de la luz, como seres humanos como los demás, pero iluminados y agraciados por la redención obtenida en Cristo.

 

En el evangelio de san Juan (8,14), Jesús afirma de sí mismo que es la luz del mundo: Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida. Y después, él mismo afirma de los discípulos: Vosotros sois la luz del mundo. Es este un profundo misterio que san Pablo también recoge en la segunda carta a los Corintios (4,6): la luz de Dios brilla en la faz de Cristo y de ella se irradia al corazón de los discípulos, y por ellos al mundo. Como Cristo es la luz del Padre, los discípulos son la luz de Cristo.

 

 

El segundo momento es el pregón pascual. Es una pieza litúrgica de un bello contenido teológico y espiritual. Anuncia la alegría de la Pascua, la alegría del cielo, de la tierra, de la Iglesia. Una alegría que procede de la victoria de Cristo sobre el mal. Cómo no unirse con emoción a frases como éstas. “Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio el de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”

 

            En cada Pascua Cristo asciende para nosotros de muchos abismos. En cada Pascua quiere sacarnos de los abismos y ayudarnos a romper las cadenas que nos atan. Las cadenas del pecado, de todo tipo de mal; y también del absurdo, del vacío existencial. Viktor Frankl nos advertía ya en una publicación de 1977 del “grito de socorro desatendido en pos de significado”. Veía esta petición de ayuda especialmente en tres fenómenos: en la depresión, la agresión y en la adicción. Se trata de un grito de socorro, decía él, que sólo puede ser completamente comprendido a la luz del vacío existencial subyacente en nuestra cultura. Y se trata de unos problemas que seguramente son más agudos hoy que cuando él los describió.

 

            Los cristianos hemos de testimoniar con la vida y con la palabra que Cristo rompe las cadenas que nos atan y nos saca de los abismos. En el llamado Tercer Mundo son abismos sobre todo de pobreza material. En nuestro Primer Mundo son más bien abismos de pobreza espiritual, de no tener razones para vivir y para afrontar los problemas de la vida de cada día, aunque la crisis económica en la que actualmente nos hallamos inmersos está produciendo también bolsas de pobreza material.

 

A todos os deseo una Santa Pascua del año 2009.

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa