RECORDANDO A LA PURÍSIMA EN EL ADVIENTO DE 2004

El Papa Pío IX, el día 8 de diciembre de 1854, definía como dogma de fe el gran privilegio de la Virgen María: "La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por una singular gracia y privilegio del Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por esto mismo ha de ser creída firmemente y constantemente por todos los fieles". Este dogma define aquello que a lo largo de los siglos ha ido creciendo en la conciencia de la Iglesia: que María, la llena de gracia, ha sido redimida desde su concepción.

Este año se cumple el 150 aniversario de esta proclamación. Esta conmemoración me parece que ha de ser una ocasión para profundizar en la contemplación de este misterio, para crecer en nuestra conciencia de filiación respecto de Dios Padre, pero también en nuestra conciencia de filiación en relación con María, la Madre de Jesús, la que nos dio al Salvador del mundo y al mediador de la Nueva Alianza.

Recientemente, el teólogo italiano Bruno Forte ha afirmado que la concepción inmaculada de María "es el más evangélico de todos los dogmas", dado que manifiesta, de forma muy elocuente, el primado de Dios en nuestra historia. Es muy fina la observación de este gran teólogo, que ahora es también arzobispo de Chieti-Vasto, porque, en este misterio, hemos de contemplar en primer lugar el amor eterno de Dios en la Historia de la salvación. Nos admiramos de este amor de Dios a María, a la que constituye "llena de gracia" (Lc 1,28), como la saluda el ángel de la Anunciación. Ella es toda pura, toda luz, toda inmaculada, toda perfección espiritual y disposición para acoger al Hijo. En ella contemplamos la fuerza del amor del Padre, la fuerza del amor redentor del Hijo, la fuerza del amor santificante del Espíritu Santo, que la preservan de toda mancha de pecado, en previsión de los méritos de Jesucristo.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra durante el tiempo de Adviento. Adviento significa venida, advenimiento; es el advenimiento del Señor. Nos preparamos para celebrar, en la solemnidad de Navidad, su venida al mundo en la carne: la Encarnación, el Nacimiento, su paso visible por la tierra, desde Belén hasta la montaña de la Ascensión.

Pero Jesús nunca nos ha abandonado. Cumpliendo su promesa, se ha quedado con nosotros de diversas formas: en la Eucaristía, en la Iglesia, en los pobres, en los acontecimientos, en el corazón de los fieles. Jesucristo está viniendo siempre a este mundo. Y vendrá a cada uno de nosotros, de forma definitiva, en la hora de nuestra muerte. Y finalmente vendrá en la resurrección final, como juez y salvador de vivos y de muertos para instaurar el Reino de Dios, que es el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado y la muerte. La instauración de este Reino la anuncia ya la realidad de esta victoria en María, la Purísima, de la que siempre fueron y siguen siendo tan devotos todavía los cristianos de nuestra tierra.

+ Josep Àngel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa