Testigos de Cristo en medio del mundo.

El segundo domingo de Cuaresma nos ofrece cada año el relato de la Transfiguración del Señor, con matices particulares de cada evangelista. Este año escuchamos el relato de san Lucas, que lo sitúa en un contexto de oración personal de Cristo en comunicación filial con el Padre. Lucas es el único que se refiere a la gloria de Jesús, anticipación de su resurrección.
Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan a lo alto de una montaña para orar. Y, mientras ora, el aspecto de su rostro cambia y sus vestidos brillan con una blancura fulgurante. Esto sucede unos días después del primer anuncio de su pasión y muerte, un anuncio que provoca cierta crisis entre los apóstoles, hasta el punto de que el Maestro ha de corregir seriamente a Pedro. Después del desconcierto y desánimo de los apóstoles, Jesús lleva a los tres más íntimos a lo alto de la montaña para orar.
Y en ese encuentro de Cristo con el Padre se produce la Transfiguración, la manifestación de la gloria divina a través de su humanidad, como una luz que anticipa la gloria de su resurrección.
La Transfiguración del Señor es la antítesis de las tentaciones del desierto. El prefacio de la fiesta de la Transfiguración resume admirablemente el misterio contenido en este hecho: Cristo el Señor “manifestó su gloria a unos testigos escogidos, haciendo resplandecer gloriosamente su cuerpo igual al nuestro; así alejaba de sus discípulos el escándalo de la Cruz y anunciaba que en todo  el cuerpo de la Iglesia se realizaría la Transfiguración cumplida en su cabeza”.
Una enseñanza clara de este episodio indica que todo cristiano, en el encuentro con Dios en la oración, tendría que experimentar una transformación semejante a la del Señor. Una oración que transfigura, un encuentro con el Padre en el Espíritu Santo que refleja la gloria de la divinidad.
Para poder ser testigo vivo de Dios en un mundo marcado por la ausencia y el silencio de Dios, el cristiano necesita una experiencia viva y personal de él. La oración es encuentro con Dios, es relación personal y filial con Dios a la luz de la fe y el amor. Jesús es nuestro modelo de oración. Contemplémoslo unido al Padre, en diálogo de amor, en entrega filial, en fidelidad a su misión. Orar siempre es estar junto al Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Conscientes de su presencia en nuestra vida, alabando, dando gracias, pidiendo ayuda.
¡Cuántas veces habré recomendado a los jóvenes que la eucaristía dominical y un rato de oración cada día es lo mínimo que se puede esperar de un joven cristiano! Sólo desde el encuentro con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la oración, sólo desde la fuerza que nos da Cristo en la  eucaristía, podemos abrirnos a la luz, podemos ser transparencia de Cristo, podemos ser testigos suyos en medio del mundo. En ese encuentro de oración recibiremos la fuerza para vencer las tentaciones y mantenernos fieles al camino que el Padre nos señala.
La Transfiguración es portadora de la luz y de la fuerza de que estaban necesitados los discípulos después de haber oído al Maestro hablar de su cruz y de la que habían de llevar sus seguidores. Después de hablar de que su camino es el de la Pasión, anuncia que éste ha de ser también el camino de sus discípulos. Por esto, cada discípulo ha de “tomar su cruz y negarse a sí mismo”. Porque éste es el camino que también conduce a la Resurrección.

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa
 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa