Todos somos corresponsables en la Iglesia.

Hoy, fiesta de Pentecostés, es también el día del Apostolado Seglar y de la Acción Católica. Esta jornada tiene este año un lema muy sugestivo y muy actual: “Enviados a evangelizar”. Esta jornada tendría que ser un momento privilegiado para profundizar en la conciencia de nuestra vocación a dar testimonio de nuestra fe con obras y palabras y, por lo tanto, también al apostolado. La razón es esta: todos somos corresponsables en la Iglesia.
    Pentecostés es el inicio de la Iglesia. Los apóstoles, reunidos en oración con María, en el Cenáculo, reciben el Espíritu Santo y salen a la calle para dar testimonio ante todos de Cristo resucitado. También nosotros hemos recibido el Espíritu Santo en el bautismo y con más plenitud en la confirmación. Por la recepción del bautismo hemos entrado a formar parte de la Iglesia, en la que vivimos en comunión de fe y de amor y participamos de su misión.
    Esta misión se encuentra hoy ante no pocos retos. Hay quien dice que la Iglesia pierde terreno; hay quien afirma que los cristianos tendremos que volver a las catacumbas; hay quien querría reducir la fe a un asunto meramente privado y, por esto mismo, querría que la fe no saliese de los templos y de las sacristías. Y por esto algunos se preguntan: ¿se ha agotado la vitalidad misionera y evangelizadora de la Iglesia? ¿No es cierto que se vive un alejamiento creciente de los hombres y las mujeres de nuestra sociedad del cristianismo y de la Iglesia como institución?
    Ante esta situación, que vendría a ser como si la vitalidad de la Iglesia estuviera agotada, recuerdo siempre unas palabras de Juan Pablo II, que en la encíclica Redemptoris Missio nos dijo que la misión de la Iglesia no está en modo alguno acabada, sino que está todavía en sus inicios. La situación actual de la Iglesia tiene luces y sombras; la Iglesia, en todo el mundo, afronta retos importantes, pero la verdad es que la Iglesia en muchas partes de la tierra da signos de una gran vitalidad y es un signo de esperanza en medio de situaciones de pobreza y de injusticia.
Los católicos de esta tierra, sin embargo, hemos de dar respuesta a nuestros propios desafíos y estamos llamados a ser testigos de Cristo resucitado en una sociedad algo cansada y escéptica; una sociedad que vive un cierto envejecimiento en todos los sentidos. Pero también entre nosotros se pueden observar signos de vitalidad, aunque sean minoritarios.
Nuestra misma diócesis, con dos años de vida como tal, constata las carencias y pobrezas de una Iglesia incipiente como obispado, pero a la vez estamos viviendo lo que ha sido llamado como la gracia de los orígenes y estamos llenos de confianza en el futuro, porque la Iglesia no es asunto de los hombres, sino de Dios.
Acabo con una referencia a uno de estos signos de esperanza. Este 4 de junio tendré el gozo de ordenar como diácono al joven Marc Aceituno, que dentro de un tiempo esperamos que será un nuevo sacerdote de nuestra diócesis. Este año ya he ordenado a un sacerdote y un diácono; el año 2005 ordené dos sacerdotes y un diácono. ¿Qué nos dice esto? Nos dice que el Señor sigue llamando y que hay cristianos y cristianas que siguen respondiendo a su llamada. Si el Espíritu Santo está presente y operante en la Iglesia de Jesucristo, no podemos caer en el desánimo sino que tenemos razones para la confianza y la esperanza.

+Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa