Un año difícil

Terminadas las fiestas de Navidad y año nuevo, tradicionalmente entre nosotros se habla de la “cuesta de enero”. Este año que acabamos de comenzar se presenta, desde luego, como un año difícil, en gran medida por la crisis persistente por la que estamos pasando. No pretendo, en estas breves líneas, insinuar un diagnóstico de la situación, que se reconoce que es extremadamente compleja. Mi intención es más modesta: deducir de la situación presente algunos puntos que puedan iluminar la conciencia de los cristianos en esta hora.

Dicho de otro modo: ¿qué exige la situación presente a la conciencia cristiana? Creo, ante todo, que nos pide un esfuerzo de realismo. Santo Tomás de Aquino definió la verdad como la “adecuación de la mente a la realidad”. Una realidad compleja como la presente pide un esfuerzo no fácil para comprender la crisis. Decía el padre Adolfo Nicolás, prepósito general de la Compañía de Jesús, durante una visita suya a Catalunya, que sería deseable que, como uno de los frutos de la crisis, se pudiera pasar, en nuestras sociedades, de una economía de ficción a una economía realista.

Hay que plantear, una economía a escala humana en la que la racionalidad económica no se identifique con el lucro, la usura, la racionalidad meramente formal. Lo dice claramente Benedicto XVI en este texto de su encíclica social Caritas in veritate: “Esto exige una nueva y más profunda reflexión sobre el sentido de la economía y de sus fines, además de una honda revisión con amplitud de miras del modelo de desarrollo para corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo exige, en realidad, el estado de salud ecológica del planeta, lo requiere sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes en todas las partes del mundo desde hace tiempo” (CV, n. 32).

Otra exigencia cristiana de esta hora es la austeridad. Ya no se oculta actualmente que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, no sólo nosotros, sino todos los europeos y desde hace muchos años. Hemos gastado lo que no teníamos. Hemos vivido en una especie de nube, en una ficción. El realismo nos invita ahora a tocar con los pies en el suelo, como suele decirse. Todos, en especial las instituciones públicas, estamos obligados a extraer las consecuencias de la realidad. No podemos pensar que las nuevas exigencias no van con cada uno de nosotros. Todo lo contrario: hemos de preguntarnos qué podemos hacer cada uno de nosotros ante esta nueva situación. Cada uno de nosotros, cada una de nuestras familias y cada una de las instituciones de las que formamos parte. El principio cristiano de la responsabilidad personal es urgente revalorizarlo en estos momentos.

Una tercera exigencia de esta hora es la solidaridad. Preservar la cohesión social es una grave responsabilidad de los gobernantes en esta hora de recortes y de sacrificios. No es excitando la conflictividad de unas instituciones contra otras, de unos sectores sociales contra otros, como podremos salir de la crisis. La democracia requiere virtudes cívicas auténticas, y entre éstas es ahora imprescindible la solidaridad. De esta solidaridad están dando ejemplo muchos hombres y mujeres de buena voluntad de nuestra tierra, muchos de los cuales son cristianos y cristianas. A todos ellos y ellas quiere ir mi reconocimiento y mi gratitud por el ejemplo de solidaridad efectiva que dan a nuestra sociedad.

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa