Un carmelita a la intemperie

     Hace doscientos años nacía en Aitona, provincia de Lleida, el padre Francesc Palau i Quer (1811-1872), carmelita descalzo, fundador de dos congregaciones religiosas, las Carmelitas Misioneras y las Carmelitas Misioneras Teresianas, presentes ambas en nuestra diócesis.

     El Padre Palau fue beatificado por Juan Pablo II en el año 1988. De él se ha dicho que fue un carmelita a la intemperie. Y ciertamente, lo fue. Recibida la vocación sacerdotal, estudió en el Seminario de Lleida cuatro años, pero fascinado por la vida y los escritos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, pidió ingresar en los Carmelitas Descalzos de Barcelona, donde profesó en 1833. Dos años después, en 1835 –año de las desamortizaciones y de las disposiciones civiles de exclaustración de los religiosos- se vio obligado a dejar su Orden. Ya exclaustrado, fue ordenado sacerdote al año siguiente y compaginó la vida parroquial con la vida eremítica, ya que siempre vivió y murió como un verdadero carmelita. Vivió como ermitaño primero en el lugar que se conoce como Cueva del padre Palau, en Aitona. Exiliado a Francia durante once años (1840-1851), continuó este estilo de vida en diversas localidades del Pirineo francés.

     De retorno a Cataluña, se integró a la pastoral de la diócesis de Barcelona, que regía su amigo el obispo Doménech Costa i Borràs. En Barcelona creó la llamada “Escuela de la virtud”, destinada a la catequesis de adultos, que se reunía en la iglesia de San Agustín, cerca de las Ramblas, y que tuvo una gran aceptación y fue vanguardista en la formación social de los católicos. El año 1854 esta Escuela fue prohibida por las autoridades civiles acusada de incitar alborotos y desórdenes públicos. El padre Palau fue desterrado a Ibiza y el obispo Costa i Borrás a Cartagena.

     Este segundo exilio permitió al padre Palau hacer apostolado en las Islas Baleares y también allí encontró un lugar donde vivir su vocación como contemplativo carmelita; se retiraba al islote de Es Vedrà, para alabar a Dios, meditar y hacer penitencia. El año 1860 un real decreto de Isabel II declaró su inocencia y la injusticia de un exilio que duró seis años.

     Regresado a Barcelona, pudo dedicarse a su vocación como fundador y, entre sus primeros colaboradores tuvo a su sobrina, Teresa Jornet i Ibars, quien más tarde fundaría las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y ha sido canonizada. Al pie del Tibidabo, en la capilla de la Virgen del Carmen, el padre Palau continuó su vocación de ermitaño y apóstol, y allí ejerció también el ministerio de exorcista, siempre fiel a una doble vocación: la alabanza a Dios y al servicio solidario a las personas que sufrían en el cuerpo o en el espíritu. Su paso por Barcelona dejó una huella en la toponimia de la ciudad, pues la comunidad del padre Palau dejó el nombre de “Penitents” al barrio situado en la falda del Tibidabo donde vivieron él y sus discípulos.

     En sus escritos, el padre Palau destacó en su visión de la Iglesia y está considerado como un renovador de la teología eclesial, en la línea del teólogo alemán Moler y de la famosa escuela de Tubinga.

     Este carmelita, que vivió una vida intensa y llena de contradicciones, tiene muchas lecciones a enseñarnos durante este año jubilar que ha sido abierto con motivo del bicentenario de su nacimiento. 

     + Josep Àngel Saiz Meneses

     Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa