Un pensamiento de Benedicto XVI a los jóvenes.

He de confesar que me admira la claridad con que el Papa habla a todos los fieles, pero en especial a los jóvenes. Lo pude comprobar especialmente el pasado verano, en Colonia, en la jornada Mundial de la Juventud. El teólogo y el profesor Joseph Ratzinger ha dado paso al pastor que tiene asumida su misión ahora más importante de sucesor de Pedro: la de confirmar en la fe a sus hermanos.
    Me han quedado grabadas en la memoria las palabras del final de su homilía de inicio del ministerio petrino el 24 de abril de 2005, que dirigió a los jóvenes: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”. Un planteamiento de totalidad que va a la raíz más profunda de la vida y la compromete toda. Es ese el mensaje que puede resultar atractivo para un joven de corazón generoso. Aquí no valen las medias tintas ni las posturas ambiguas. Al oír esta frase, pensé en aquella sentencia de uno de los grandes teólogos del siglo XX, el padre Karl Rahner, cuando afirmó que el cristiano del futuro o será un místico o no será
    Esto tiene una especial importancia en el apostolado con los jóvenes. Lo único que les puede atraer es el testimonio de una fe auténtica. Y el núcleo de la fe cristiana, antes que otras cosas, es el descubrimiento, la admiración y la adhesión a la persona de Jesucristo. Benedicto XVI abre su encíclica Dios es amor con esta afirmación: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (n. 1).
    Por el encargo que me han hecho mis hermanos obispos de cuidar de la atención religiosa a los jóvenes, se me ha formulado con frecuencia esta pregunta: ¿Qué ofrece Cristo a los jóvenes de hoy, muchos de los cuales se confiesan a sí mismos como egoístas, consumistas y reacios al deber y al compromiso estable? Mi respuesta es siempre la misma: lo primero que les ofrece es que lo descubran a él. Y, al descubrirlo a él, les ofrece la posibilidad de cambiar, de ser mejores, de no tener miedo de ir contra corriente. Les ofrece un nuevo sentido a todas las dimensiones de su vida. Y les ofrece una comunidad -la Iglesia- en la que encontrarán unos jóvenes que han dado y dan cada día un sí a Jesucristo y no se arrepienten de ello, porque en este camino han hallado la felicidad.
    Dice también el Papa en el comienzo de su encíclica: "Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. San Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: ‘Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.’"
    En este tiempo gozoso de Pascua meditamos en la misa dominical sobre la comunicación de vida entre Cristo y nosotros. La conciencia de esta comunicación de vida, junto con el gozo y la gratitud de tan gran don, es el fundamento de la mística cristiana. Y, como nos decía a los obispos en nuestra entrevista con él, con motivo de la visita ad limina, esto es el principio y fundamento de toda la existencia cristiana. Al final del n. 14 de su primera encíclica lo dice Benedicto XVI con toda claridad: "El mandamiento del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser mandado porque antes es dado".

+ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa