Una llamada a la conciencia de la sociedad

Con este escrito deseo hacer una llamada seria a las conciencias, a las conciencias de los cristianos pero también a las conciencias de todos los hombres y mujeres que creen que los seres humanos nos hemos de guiar por la recta razón. Me refiero a las noticias sobre los abortos practicados en determinadas clínicas, haciendo un verdadero fraude de ley, es decir, transgrediendo la normativa, ya demasiado permisiva, en materia de respeto a la vida no nacida.
 Creo que esta reflexión seria nos la pide la Jornada por la Familia y la Vida que celebra la Iglesia católica este domingo dentro de la octava de Navidad, en el día de la fiesta de la Sagrada Familia.
  Según unas cifras publicadas recientemente, en España durante el año 2006 se produjeron 110.000 abortos provocados, con un aumento cercano al 20 por ciento sobre las cifras del año anterior. Se mire como se mire, es una cifra estremecedora. ¿Qué juicio harán de nuestra generación en el futuro si -como es de esperar- aumenta el sentido de la responsabilidad humana ante la vida concebida y todavía no nacida?
 ¿Se puede considerar humana una sociedad en la que se producen hechos como éste? El derecho a la vida es un derecho fundamental, el más importante, y va desde el inicio de su concepción hasta la muerte natural. La Constitución española reconoce que “todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral” (artículo 15).
 Es un deber de toda sociedad que quiera ser humana, y más todavía si quiere inspirarse en los principios del humanismo cristiano, defender la vida humana desde sus inicios hasta la muerte natural. Es necesario que la sociedad tome conciencia de la gravedad del aborto y defienda la vida.
 El Concilio Vaticano II, tan solidario con el mundo de hoy y tan abierto a todos los verdaderos valores del humanismo, no dudó en calificar el aborto provocado, querido directamente como un medio o un fin, de “crimen abominable”. “Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la altísima misión de perpetuar la vida, misión que ha de ser ejercida de una manera digna del hombre”. Agredir al inocente indefenso que pide entrar en la vida humana y truncar su camino vital inicial es siempre un fracaso, algo indigno de una persona que se quiera comportar con sentimientos humanos.
 Se dirá, y no sin razón, que a menudo se recurre al aborto porque la mujer se encuentra en una situación de graves dificultades para acoger y llevar adelante la nueva vida, cuidando y educando al hijo que llega. Es muy cierto que se dan estas situaciones. Pero aquí hay que hacer una llamamiento a las autoridades que tienen la grave responsabilidad de administrar los recursos sociales, invirtiéndolos en la promoción de la natalidad –excesivamente baja todavía entre nosotros- y no poniéndolos al servicio de instituciones que atentan contra el derecho a la vida. Con todo respeto, he de decir que deberán dar cuenta ante Dios de determinadas actitudes.
 Deseo acabar este escrito con una llamada a la esperanza. En su reciente encíclica Spe salvi, Benedicto XVI dice que “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto” (n. 35). Pues bien, es para mí muy grato reconocer la labor muy positiva de tantas personas e instituciones que se ponen al servicio de la defensa de la vida, ayudando  a  las madres gestantes en riesgo de recurrir al aborto a llevar adelante su maternidad. Ellas y ellos son los verdaderos promotores de una cultura de la vida.

+ Josep Ángel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa