UNA NUEVA CUARESMA

Año 2005 del siglo XXI, del tercer milenio. Podemos ir de compras sin salir de casa, a través de la red. Podemos comunicarnos con personas de los cinco continentes. Algún que otro gobierno tiene interés de borrar la religión del ámbito público, de encerrarla en las sacristías o en las casas particulares. Pero hemos comenzado la Cuaresma, las iglesias se han llenado y millones y millones de personas a lo largo del país y del mundo entero han participado en la eucaristía y han recibido la ceniza en sus cabezas.

En no pocas ocasiones he comentado con grupos de jóvenes el simbolismo de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas. ¿Qué significa la ceniza? La ceniza nos ayuda a ser conscientes de la propia fragilidad, de la contingencia humana. Nos recuerda que, a pesar de las capacidades y grandezas humanas, a la vez somos débiles y necesitamos hacer una parada en el camino para reflexionar. Nos orienta hacia la conclusión de que tarde o temprano nos encontraremos con el Señor a través del traspaso de la muerte. Hemos comenzado una nueva Cuaresma, un tiempo de fe y de conversión. ¿Con qué actitudes viviremos este tiempo litúrgico?

El punto de partida es la convicción de que necesito cambiar muchas cosas en mi vida, acompañado de un deseo profundo de ser convertido. No en detalles externos, no para arreglar la fachada de mi vida. Muy al contrario, en un sentido profundo, desde sus raíces, en totalidad. La actitud fundamental es la esperanza, es decir, el deseo confiado de cambio. Y todo esto apoyado en la plegaria, empapado en la plegaria. No con una actitud genérica y difusa sino con una actitud consciente y explícita. A lo largo de esta Cuaresma, mi tarea será dejarme convertir por Dios y dejarme cambiar el corazón.

La Iglesia, Madre y Maestra, nos recomienda tres prácticas cuaresmales: oración, ayuno y limosna. La plegaria nos une más a Dios, la plegaria logra que nuestra vida esté más centrada en él, nos aporta claridad para distinguir las cosas, para que nuestra escala de valores responda a las prioridades reales. La plegaria nos ayuda a descubrir y a vivir que Dios es realmente el tesoro de nuestra vida y que en él hemos de poner el corazón.

Cuando experimentamos a Dios como el centro, como el tesoro de nuestra vida, que nos llena y satisface y da sentido, caemos en la cuenta de que no necesitamos poseer tantas cosas como tenemos, que más bien nos dificultan el camino, y que hay cosas de las que seguramente podemos prescindir. Entonces prescindimos de muchos elementos superfluos. El ayuno consiste precisamente en privarse de muchas cosas, muy variadas, que no necesitamos. Muchas cosas que podemos compartir y dar a los demás, que sí que las necesitan. Entonces este compartir se convierte no en una limosna de beneficencia sino en un compartir de familia, un compartir con el hermano que pasa por una necesidad.

La plegaria nos une con Dios y nos ayuda a simplificar la vida, a ir progresivamente prescindiendo de todo lo que es prescindible, que es mucho, a compartirlo con el hermano y a vivir la unión con él. Plegaria, sacrificio y compartir son tres prácticas cuaresmales que se retroalimentan y hacen que nuestra vida sea más humana y más cristiana. Quizá nos cueste; quizá encontremos que es difícil. La motivación más profunda la encontramos en la contemplación de Jesucristo, que ora, que se sacrifica, que da la vida por cada uno de nosotros.

+ Josep Àngel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa