UNAS FECHAS PARA EL RECUERDO Y LA ESPERANZA

Estos próximos días –con la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los Fieles Difuntos- son fechas que tienen una amplia resonancia popular y que crean un ambiente impregnado de sentimiento religioso. Son fechas para el recuerdo, en las que se hacen presentes en nuestro espíritu el afecto, las raíces y los recuerdos familiares. Pero también –y sobre todo- en estos días estamos llamados a revivir en nuestra alma la fe y la esperanza cristianas. Por este motivo, hacemos bien en unir la visita a los cementerios y a las tumbas de nuestros seres queridos con la plegaria. Lo que celebramos siempre, y especialmente estos días es la Vida –la Vida que es Cristo y que él ha querido comunicarnos- y no la muerte, ya que creemos en Jesucristo, que ha resucitado y está presente entre nosotros, sobre todo mediante el sacramento de la eucaristía. Vivámoslo especialmente en este Año de la Eucaristía, leyendo con atención la carta apostólica que el Papa ha publicado estos días pasados y que ha titulado significativamente Mane nobiscum, Domine -"Quédate con nosotros, Señor". La eucaristía es el recuerdo de la Pasión del Señor, la cima de la gracia que nos es dada en nuestra vida mortal y la prenda de la Vida futura.

Por eso, nuestra oración de estos días no puede quedarse en un recuerdo lleno de melancolía y tristeza al añorar a los seres queridos que nos han dejado, sino que sobre todo es un recuerdo esperanzado que expresa y continúa la comunión con nuestros hermanos difuntos. "La fe nos ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros queridos hermanos ya difuntos, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera" (GS 18,2). La visita al cementerio, que etimológicamente significa dormitorio, por un lado renueva la memoria de los familiares que descansan en el Señor y a la vez expresa nuestra esperanza en el Él.

Desde la fe cristiana no se evita el dolor, pero se descubre el gran valor de la vida del ser humano y el creyente identifica la vida futura, en la que cree y espera, con Dios, que es amor y que acompaña en el camino por el peregrinar de la vida. El fundamento de nuestra esperanza es Cristo, que murió y resucitó para darnos vida eterna. Cristo resucitado es la respuesta válida al interrogante de la muerte. Y desde nuestra fe creemos que el ser humano ha sido creado por Dios para un destino feliz, más allá de las limitaciones de nuestra vida terrena.

Por eso, especialmente en estos días, damos gracias a Dios por la fe, la esperanza y el amor, y encomendamos nuestros hermanos difuntos a la gracia y el amor de Dios. Por eso esperamos encontrarnos con ellos en la casa del Padre, donde ya no hay muerte ni enfermedad. Por eso repetimos con san Pablo: "Cuando este (nuestro) ser corruptible se vista de incorrupción y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la Escritura: La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria y tu aguijón? ¡Demos gracias a Dios que nos da el triunfo por nuestro Señor Jesucristo" (1Co 15,54-57). Y finalmente podemos decir con la Iglesia: "En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección, porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina sino que se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo". Pido a Dios por los difuntos de toda nuestra diócesis y deseo que esta esperanza os acompañe siempre, pero de modo especial en estas fechas del comienzo del mes de noviembre.

+ Josep Àngel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa