Volver a empezar

En el segundo domingo de Pascua leemos en el evangelio la narración de la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos en presencia de Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección del Señor, que había dicho: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, y no meto la mano en su costado, no lo creo”. El Señor da muestras de una gran comprensión ante las dudas de sus discípulos, y en especial es muy significativo contemplar cómo “recupera” a Tomás, al que, después de su confesión de fe, le dirá: “¿Porque me has visto has creído? ¡Dichosos los que crean sin haber visto!” Reflexiones parecidas se podrían hacer sobre la “recuperación” postpascual de Pedro, la cabeza del grupo de los Doce. Realmente, Jesucristo da muestras de una gran compresión con los apóstoles en los encuentros que tiene con ellos después de su resurrección.

Juan Pablo II, una de cuyas encíclicas estaba especialmente dedicada a la misericordia y que tituló con las palabras “Dios, rico en misericordia”, quiso que este segundo domingo de Pascua estuviese cada año dedicado a la divina misericordia; es decir, al amor de Dios, que siempre espera en los hombres y con cuya gracia los redime y regenera. Esta fiesta de la Divina Misericordia tiene como finalidad hacer llegar al corazón de cada persona el mensaje y la certeza de que Dios es misericordioso y nos ama a todos y a cada uno. La esencia se resume sobre todo en la confianza en el amor misericordioso del Señor y en vivir por nuestra parte la actitud de amor activo hacia el prójimo a través de nuestra oración,  de nuestras palabras y de nuestras acciones de amor.

El Papa  Wojtyla sabía muy bien que el hombre contemporáneo está necesitado especialmente de misericordia. Si creemos en Cristo, hemos de tener muy presente que siempre hay posibilidad de redención, para todo ser humano y en cualquier circunstancia. El amor de Dios es más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestros pecados, más fuerte que todo mal. La parábola del Padre bueno y del hijo pródigo nos muestra un padre que es todo amor y que es coherente y fiel a su paternidad; un padre que perdona siempre, que acoge siempre, que siempre tiende la mano, que siempre concede una nueva oportunidad, que permite volver a empezar con una esperanza renovada.

Los cristianos estamos llamados a vivir y testimoniar ese amor inmenso. Cristo hace nuevas todas las cosas, y la Pascua que hemos celebrado nos abre, un año más, a la “novedad cristiana”. Y esta novedad se puede hacer realidad en todos y en cada uno de nosotros. La entrada de una persona en la dignidad de cristiano se realiza por su inserción en la muerte y en la resurrección de Cristo, como expresa San Pablo en la Carta a los Romanos. En el bautismo comienza una nueva vida, sellada por el don del Espíritu Santo en la Confirmación y alimentada por la Eucaristía y los demás sacramentos.

El Espíritu de Cristo todo lo renueva. Este tiempo pascual es una nueva oportunidad para vivir nuestra renovación personal y también  la renovación de la vida pastoral de las comunidades cristianas. Hemos conocido y experimentado el amor de Dios, y el Señor nos envía como testigos de su amor en medio del mundo. No somos una reliquia del pasado, sino que somos prenda de la novedad futura, que ya ahora Dios alimenta en el alma de los creyentes.  

 

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Obispo de Terrasa

+ Josep Àngel Saiz Meneses

Bisbe de Terrassa